31 de diciembre de 2005

05/06

Una de las virtudes de los días finales de cada año es que traen consigo esas horas laxas y pardas donde el frío y el silencio urbano lo empujan a uno a caer irremediablemente en las páginas del o los libros abandonados semanas atrás, antes de que se sucedieran todas las festividades decembrinas. Dos libros han sido en estos días mi refugio, Plainwater de Anne Carson y Aforismos de Zürau de Franz Kafka (en estupenda traducción de Roberto Calasso y una notable edición de los chicos de Sexto Piso). Lecturas de las cuales comparto algunos fragmentillos, a la salud de este 06 que está por iniciar.

Las fotografías verbales que hace Carson en su An essay on the road to Compostela (cuerpo central de The Anthropology of Water) conforman una serie de apuntes, a manera de diario, en donde las formas del agua, los ríos o la lluvia, son también una vía para encontrar el sentido esencial de lo que significa el transcurso del peregrinaje interior. Como en los viajes, el agua transcurre, recorre, insiste, se desdibuja. Trasciende sólo en su sentido de variabilidad, porque su verdadera naturaleza es estar en permanente estado de transición, de movimiento.

Kinds of water drown us. Kinds of water do not. My water jar splashes companiably on my back as I walk. A pool of thoughts tilts this way and that in me. Sokrates, after bathing, came back to his cell unhurriedly and drank the hemlock. The others wept. Swans swam in around him. And he began to talk about the coming journey, to an unknown place far from their tears, wich he did not understand. People really understand very little of one another. […]

De los aforismos kafkianos no vale decir nada, sólo guardar silencio humildemente y tratar de hacerlos palabra viva, encarnada en acto… en este 06 y en el 07,08,09, etc, etc,etc.

Dos tareas para iniciar la vida: limitar tu círculo cada vez más y comprobar una y otra vez si no te has escondido en algún lugar fuera de tu círculo.

*
Una fe como una guillotina, así de pesada, así de ligera.

29 de diciembre de 2005

A contracorriente *

Gran parte de mis amigos están en contra del matrimonio. No creen en él seguramente porque algunos provenimos de estructuras familiares disfuncionales donde papá se ha ido con una chica más joven o mamá es una adicta al lexotan y al vodka. O de menos los dos se tiraron tantos platos encima que acabaron con la vajilla completa, herencia de la tía Águeda. Donde las familias están desarticuladas o, por decir lo menos, guardan misteriosos “secretos” sobre el paradero del abuelo que se fue con la fortuna familiar. Sin embargo, y a pesar de todas mis negativas de juventud de celebrar una boda religiosa vestida de blanco, con velo y ramo incluidos, he encontrado que el suceso matrimonial trae consigo un cierto “gozo lírico interior” donde la celebración del amor compartido es una zona franca de deleite así como de autoconocimiento y control de las más bajas pasiones. Uno se encuentra con la templanza como mejor vía para la vida en pareja. Y, si ya en el Cantar de los cantares, se hablaba de los contenidos eróticos y amorosos de una pareja, es en ese mismo canto donde la esposa toma su lugar como entidad primordial. Julia Kristeva lo dice así “La Sulamita… sin ser reina, es soberana por su amor y el discurso que la constituye. Sin patetismo y sin tragedia. Límpida, intensa, dividida, rápida, recta, doliente, esperanzada, la esposa -una mujer- es el primer individuo ordinario que, por su amor, se constituye en el primer Sujeto en el sentido moderno del término." El rito y su ser simbólico son un nudo afectivo entre la pareja que yo valoro en su dimensión de fe concretada en acto. En estos días de descreimiento, falta de fe y frivolización del amor, creo que casarse por la iglesia es un acto vanguardista, a contracorriente de las modas superfluas de no comprometerse con nada ni con nadie. Y, también sé que todo es móvil y que quizá en un par de meses, años (o nunca) podría llegar la disolución de mis afectos o del Otro hacia mi persona. Como alguna vez me dijo Fadanelli, amigo escritor, “Si el matrimonio es divertido recuerda que el divorcio lo puede ser más…”. Mi apuesta hoy es por el matrimonio (aunque a algunos les parezca extrañísimo). El tiempo será testigo.

* En la foto, tomada en los jardines de la hermosísima iglesia de San Pedro, en Lima, Perú, de izq. a der.:Paul Guillén y su novia, Ehitel, mi marido, quien esto suscribe, León P. Ñol, Greta, José Carlos Yrigoyen, Ernesto Lumbreras, Roxana Crisólogo, Teibo, Arturo Higa Taira, Rocío Silva Santiesteban, Arturo Corcuera y Juan Carlos.

12 de diciembre de 2005

Post it de Lima, Perú*

O casa asida al mar o tierra que niega su enamoramiento por las aguas. La tierra mira desde la altura a su amante, el mar le besa los bajos, las ancas, pies apenas descubiertos, apenas perceptibles. Y masca un hombre una cierta mosca que se albergaba en el costado de la herrumbre. Y cada olivo marcha en desconsuelo sereno sobre el jardín de los adictos, de los viajeros “hacia dentro”. Y este maldito viento que trae noticias del llanto. Me han mentido. O me han dicho que el sol daría en mi espalda y yo no he sabido olerlo, tocarle los testículos solares. Y es ese errar, errancia de pena pura, que me une a los habitantes de esta borrasca. ¿O será su canto antiguo, desprotegido, de hijo impropio lo que me sabe a miel? Lima me une a sí por la quijada. Este bozal pasado por fuego, martillado al son de alaridos y lamentos, es a mi boca agua fresca, jugos salivales del más amado: felicidad, enmedio de la pústula, donde descansa mi fe.

*Para Paul Guillén, poeta peruano, amigo y amante del heavy metal quien me mostró que "...alguna vez creímos ver/ realmente vemos las siluetas del embrión/ que se acordaja en la arena/ realmente vemos con todos los sentidos/ lo que alguien quiere decir/ y cuando desde el pino falaz, durante el verano,/ las gotas caen sobre el prado/ recordamos las hojas enteras que arden con los años/ la tierra, el centeno, los mares..." (Guillén dixit).

5 de diciembre de 2005

Nostalgia de Bs As (con discusión de por medio)



Carlos Vicente Castro, creador del internacional birote con chorizo (choripan para los porteños), ha mandado una serie de fotos de Bs As de aquel encuentro antológico "Salida al mar", comandado por Timo Berger, Cristian di Napoli y Cucurto. Aquí una fotito con el negro de oro, Washington Cucurto, la tinterilla de este infame blogg y el siempre alegre y multitonal cantante Hernán Bravo, hecha en las instalaciones de La Cartonería, editorial ya consagrada a niveles cósmicos y psicotrópicos.

Y para regalo de los metiches y chismosos un fragmento de ciertas discusiones en las noches porteñas de este trío.... "Primero, ¿qué significa para mí un “buen libro”? Significa un libro o un poema en el cual exista una voluntad por comunicar, por decir algo contundente y potente, no importando el sujeto o tema en que se encuentre colocada la mirada del autor. Que tenga un discurso, un decir, propios. Que te conmueva, estremezca, que lo odies o lo ames pero que no te deje impávido. Creo que debemos de dejar de hablar de escribir un “buen o mal” libro y hablar de poesía, así, a secas y en firme. A mí tampoco me interesa la “alta literatura” como vos la llamas, si fuera el caso no te publicaría un libro (aunque creo que el Hatu tiene una voz más “adensada” que otros libros tuyos, y esto no es malo ni bueno simplemente así te salió, así andas o andabas por el mundo). Estoy de acuerdo contigo en que tener como únicos referentes a Lezama, Kozer Perlongher et al es una huevada, sobre todo a estas alturas del partido. Pero no creo que el habla poética que surge de la estética del post it, coloquial y barriera sea la única opción para atrapar el aire del tiempo en que vivimos, esto, que es lo que crítico de una gran parte de la poesía argentina contemporánea que me parece homogénea y cercada por sus propios límites autoimpuestos, me parece igual de conservador que seguir escribiendo con tonos y referentes ya trasnochados y demodé (como querer escribir lo que Paz o Perlongher). Lo que importa hoy es tener posturas, aunque vivamos en el “descompromiso, la liviandad, el chiste fácil, el pastelazo”. A mí me interesa la poesía que, saliendo de donde sea (dígase el hoyo funcky, la Consti o el hermetismo de un estudio) te salpique en la cara, te dé un puñetazo de palabras. Provenga de donde provenga. El error o la imperfección son lo único que dará esta generación, y en ello radicará su riqueza. Y su entrada en la literatura. Cada libro, evidentemente, es un nuevo ejercicio de pulsión, pensamiento, tono y vida, con respecto a lo ya escrito. Y creo que eso es lo chingón de cada libro, a mí me interesa más el proceso de la escritura que el libro publicado, es más edificador y vital. Cada quien escribe desde donde puede y con las herramientas que tiene a mano, lo que no significa que no leas a los autores de tu tradición o de otras tradiciones y que en ellos puedas encontrar savia pura, oro molido para tu propia escritura. Y los mates, los destroces y los engullas para luego vomitarlos por innecesarios, o por necesarios ya entendidos y deglutidos. Creo en una poesía de peso pesado, de intensidades y liviandades, puede ser jocosa, irónica, seria, no importa, lo importante es que se te meta en la médula." opinión expresada por R.C.

28 de noviembre de 2005

Voy a la FIL and I feel e...


i feel evil i feel evil ifeel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel e.... I felt. *
jijijijiji

* A Blackaller, poque esta imagen suya dice, como muchas más de su imaginación, más que mil palabras. En honor a los merengues, los cafés, los panques de elote y los flyers para la FIL de El billar de la Lucrecia. Y como recuerdo de sus (y mis) muchas visitas a la escena mayor de The shining... y a Don Gato y el Señor Matute y de paso al ídolo del mundo (pésele a quien le pese): Mandibulín.

24 de noviembre de 2005

Sobreviviendo al aire (César Moro rewinded)*

Silvana:
Han pasado más de sesenta años (¿era 1935 ó 1936?) de aquel encuentro entre mi abuelo José Antonio y César. Ahora te escribo desde aquí. La misma vista, la misma banca. Te escribo para contarte (e imaginarme de manera vivida, acaso como un testigo silencioso, como una sombra, el perfil de ese extraño personaje) de esta anécdota repetida sin cesar durante mi infancia.
Los negocios trajeron a mi abuelo a Lima. Acostumbrado a viajes breves, se jactaba de conocer, de cada lugar que visitaba, por lo menos un sitio que fuera especial. Le bastaba una estatua en actitud vehemente pero sin un brazo o mascada y marcada por la hendidura del tiempo. Le bastaba una peregrinación, una puesta de sol desde un puente. Cualquier lugar que le brindara un vuelco a su mirada desgastada, algo que le mostrara la belleza y la desgracia de la naturaleza y de lo humano.

Sentado aquí, mirando las largas hileras de olivos, plantados hace más de tres siglos, en el limeñísimo barrio de San Isidro, José Antonio miraba sin más el juego de pelota entre tres niños: patadas, golpes, gritos y una esférica forma que rodaba de un lado a otro. Los observaba y veía más allá de ellos: las casas casi salidas de las plantas como si las construcciones fueran, todas ellas, parte del verdor natural de “El Olivar”. Ajeno a lo inmediato, no notó la presencia de un hombre delgado, de mirada firme y rostro anguloso que lo miraba de reojo. Cuando sintió sobre él la mirada —después aquel extraño le diría que llevaba inspeccionándolo por más de media hora— volteó a verlo y le dijo, “Buena tarde señor”.

Aquel extraño dejó de serlo al decirle, “Buena tarde tenga usted, porque yo, César, estoy contrariado, llevo mirándolo desde hace rato y usted ni ha notado mi presencia.”. Mi abuelo, hombre correcto y a la usanza clásica de las buenas costumbres, le pidió disculpas de varias maneras hasta que él, César, le espeto: “Basta, yo sólo quería decirle que no soy transparente y una araña se ha posado en mi hombro”. José Antonio vio que no tenía tal.

César lo miró y sonriente le dijo, “Usted veía a lo lejos un punto, un blanco en el fondo, un límite de rostros y árboles que, a partir de su mirada, dejaron de serlo para ser algo más: un campo de formas y emociones donde descansa el misterio, la belleza. Usted tiene ese mal de la mirada que es que se va quedando perdida, dejando pequeñas partículas de iris en cada sitio. Usted es un viajero. Los de su género amortiguan las embestidas diarias de la vida entrecerrando los ojos y buscando en el depósito de la memoria un anochecer, un claro en el bosque, la playa fenicia de sus antepasados, las huellas de un animal en el lodo fresco del jardín amado. Aquí, en Lima, “los viajeros” recordamos el bostezo —largo, larguísimo— del mar y miramos este olivar y sabemos el nombre de cada uno de sus pobladores (sí, señor, cada árbol tiene apellido, nombre y hasta apodo); entrecerramos los ojos y vemos entrar y salir las aletas plateadas —todas acero y fuerza— de los bufeos. Aquí, señor, en Lima, viajamos siempre hacia abajo”. Mi abuelo, hombre práctico, suspicaz y parco, miró a César y no dijo nada.

Ambos, en silencio, siguieron la travesía de la esférica forma entre los pies, rodillas y cabezas de los noveles futbolistas. Al cabo de unos minutos, César se levantó, miró a mi abuelo y le dio las buenas tardes. Poco tiempo después un balonazo le dio de frente a José Antonio. Uno de los niños se acerco a pedirle de regreso la pelota, sin poder resistir más le pregunto al chico, “¿Conoces a ese hombre, el que estaba sentado aquí?”. Y aquel niño, en su relampagueante inocencia, le contestó: “Sí, es el loco de “El Olivar”, viene cada semana y se sienta a mirar, dicen que escribe, que hace algo así como poemas...Moro, sí, ¡se apellida Moro!”. Raudo, con la furiosa necesidad del adolescente por dirigir y patear el mundo, se alejo.

Mi abuelo cayó en cuenta: aquel hombre, sólido como uno más de los olivos y volátil como la niebla profunda de un invierno limeño, era el Poeta. Sí, el poeta César Moro. Y, a más de seis décadas de este encuentro y a cien años del nacimiento de César, aquí estoy yo, escribiéndote con la esperanza de vislumbrarlo. Estos versos, quizá, te acerquen más a él: “La fatalidad crece y escupe fuego y lava y sombra y humo de panoplias y espadas para impedir tu paso/ Cierro los ojos y tu imagen y semejanza son el mundo”.

Desde Lima, mi amor.
J. A.


* Texto escrito en homenaje al poeta y desde el recuerdo de mis paseos limeños por el parque de El Olivar. César Moro (1903-1956), poeta peruano. Muy cercano al movimiento surrealista, escribió la mayoría de su obra en francés. Entre sus libros cabe resaltar Lettre d´amour, Trafalgar Square y La tortuga ecuestre.

19 de noviembre de 2005

Apuntes para no desmayar ante el embate del aire de los tiempos

Ediciones Urania
tiene el gusto de invitárle a la presentación de

Apuntes para sobrevivir al aire,
de Rocío Cerón

Participan
Ernesto Lumbreras, Josué Ramírez y la autora

Martes 22 de noviembre, 19:00 hrs.
Capilla Alfonsina
Benjamín Hill 122 esq. Tacambaro, col. Condesa


Sobre el libro, José Manuel Springer, ha escrito: "La poética de Rocío Cerón no cede a la lectura inmediata. Las palabras forman brebajes que hay que decantar en la lengua y la garganta, aquilatar por su textura, por su rodeo, para absorber el buqué amargo que nos deja. Los indicadores de su pasión por las letras y la vida se sienten y se resisten a ser entendidos. Entre las veladuras que ocultan la fuerza de sus argumentos está la amalgama del lenguaje, la frase corta y la palabra precisa: nitroglicerina."

10 de noviembre de 2005

Spoken word poetry o la poesía hecha performance

Pasar de la dimensión de la página al suceso oral, a la dimensión del acto -combinación de ritmos verbales, acto escénico, poesía hecha palabra hablada- es la base del movimiento de los noventa Spoken Word Movement que se dio en los Estados Unidos para luego pasar a otros países de habla anglosajona como Australia. Aunque la poesía siempre ha tenido una carga oral, desde los tiempos de La odisea de Homero, pasando por los bardos y hasta nuestros días en las lecturas tradicionales de poesía, este movimiento impulsó distintas estrategias del delivery poético. En el siglo XX la entrega de poesía se realizaba de manera más práctica que la asistencia a estas posibilidades orales, la imprenta logró que los libros o los poemas impresos en plaquettes, revistas y ediciones alternativas fueran moneda corriente para acceder al poema.

El Spoken Word Movement tiene como influencias las largas tradiciones de los afro americanos y de los grupos nativos de Estados Unidos, quienes cuentan con profundas raíces en el arte de la poesía y de la narración oral de las historias, leyendas o mitologías de su pueblo. También se debe recordar el movimiento Beat que recuperó la poesía oral con tendencias a la coloquialidad o los galeses e irlandeses como Dylan Thomas y Yeats quienes hicieron grandes piezas como Thomas y su famosa lectura en radio (y en vivo) de Bajo el bosque lácteo.

Una de las preguntas esenciales de los poetas de este movimiento fue en qué momento era sólo un acto performático verbal y cuándo realmente había una carga de poesía (verdadera poesía) en el acto. Algunos de los más importantes ejecutantes de la spoken word poetry, como Maggie Estep provienen de la escritura, del poema escrito y no de una banda de hip hop o de una banda como la de King Missile de John S. Hall quien ha sostenido que el término de spoken word poetry es un término que cobija monólogos, poemas, historias, rap y que justamente es eso, su ambigüedad, lo que lo hace interesante y potente. Lo que es cierto es que ese tipo de performance poético tiene más de acción, de gestualidad y de manejo escénico que de poesía. La mayoría de los actos tienen mucho de narración y de juegos sonoros-verbales, eso y explosiones de humor, gags y dosis de poesía esporádica.

Como todo movimiento independiente del canon, el SPW se dio en cafés, bares y demás lugares alternativos y mantenía un alejamiento y desdén hacia toda aquella poesía que oliera a formol o proviniera de la “correcta academia”. El lenguaje usado era y es frecuentemente un habla coloquial, permeada por la experiencia y lo confesional. Muchos de estos autores nunca pusieron sus poemas por impreso, produjeron cd´s como única forma de documentación y de distribución. Parte de la ideología de los autores del SPW era disolver las fronteras raciales, sociales y culturales para crear experiencias verbales que pudieran alcanzar a cualquier escucha.

Tolerancia y el poder de llevar a cualquier público la poesía, ese era uno de sus grandes lemas. Y también el revelar que la poesía era y es un arte vivo. MTV fue uno de los grandes impulsores del movimiento, realizo varios Unplugged de poesía, donde muchas veces había más de show biz en movimiento que poesía. Los poetas eran más entretenedores que autores. Hoy en día el movimiento continúa y existen ya cafés y bares legendarios en los que se da ahora un nuevo fenómeno el Slam poetry en donde, en una especie de Death match o máscara contra cabellera poético, los poetas son lanzados al escenario para que realicen sus actos “perforpoéticos” y el público es quien, a través de aplausos, gritos, mentadas de madre y hasta botellazos, decide quién es el ganador de la sesión.

En América Latina también se ha desatado un fenómeno parecido en los últimos años. Si ya existían algunos poetas como la chilena Cecilia Vicuña quien hace una suerte de performance-poético-ritual con sus poemas (en los que combina español, inglés y algunas palabras mapuches y de otras lenguas indígenas) los cuales canta, guturaliza, lee o silabea o las lecturas “tradicionales” de Raúl Zurita, poeta también chileno, quien carga de una engolada emotividad sus lecturas, los poetas, sobre todo de América del Sur, han cobrado conciencia que para atraer al público la entrega de la poesía puede ser más performática, más activa en el sentido escénico. Prueba de ello lo fue el Cabaret Voltaire, comandado por la poeta argentina Romina Freschli, en donde durante los primeros años del siglo XXI se dieron cita cuantiosos poetas tanto argentinos como de otros lares de Latinoamérica para leer, performear, desnudarse y leer o hacer cualquier cosa que, se suponía, era poesía. Se dice que el público era de lo más bravo y que varios salieron descalabrados gracias a los botellazos de cerveza recibidos. Chile, como Argentina, también ha visto algunos buenos exponentes de la poesía performática como Gustavo Barrera, poeta nacido en la década de los setenta, quien, con varios libros publicados en su haber, decidió hacer de sus poemas un elemento para presentaciones performáticas en donde la música electrónica, la acción y la instalación servían de acompañantes a sus poemas.

En México poco sucede a este respecto, uno de los pocos proyectos que se han hecho para intentar cambiar el clásico delivery poético de las lecturas de mesa con paño verde y botella de agua ha sido el Cd de música electrónica y poesía contemporánea “Urbe probeta” en donde 14 poetas trabajaron con sus respectivos músicos para lograr una combinación o hermandad transdisciplinaria. Sin embargo, los poetas en México tienen poca o nula relación con el manejo verbal y el manejo escénico (uno de los pocos que logra hacer lecturas performáticas exitosas y con buena poesía es el poeta regiomontano José Eugenio Sánchez).

Quizá el Spoken Word Movement tuvo mucho de exceso y poco de poesía como sus retractores han asegurado, sin embargo es claro que pusieron a la poesía en la mira de diversos públicos que la habían dejado de lado. En el último encuentro realizado en Buenos Aires, Argentina de poetas jóvenes, Salida al mar, la norma eran lecturas insufladas por un aliento muy perfomático donde el poeta era sumamente conciente de su presencia escénica y de su manejo verbal-oral para seducir al público. La lectura de muchos de esos poemas en el libro dejaba atrás la primera sensación de haber escuchado un gran poema. Había mucho de acción casi teatral y escasa poesía. Entonces, las preguntas se abren ¿cómo lograr que las lecturas de poesía y sus ejecutantes, es decir, los poetas, vigoricen su potencia oral y escénica sin caer en facilismos? ¿Dónde radica la buena poesía? ¿Cómo crear un delivery poético fuerte, potente sin que caiga en lo solemne ni en el acto perfomático gratuito? Si la poesía tiene una larga tradición oral, los poetas contemporáneos deberán generar acciones reales de supervivencia. Una supervivencia que no sólo sea la de la escritura de un poesía auténtica y potente, donde se encuentre trasminado el aire de los tiempos que corren, sino una poesía que alcance, a través de su oralidad y de sus relaciones transdisciplinarias, una manifestación que incite al escucha-lector-espectador a quedarse en el centro del torbellino de la poesía misma.



Rocío Cerón es poeta y coleccionista de extraños enseres verbales. Tiene publicados los libros de poesía Basalto, Litoral y Soma. Su último libro Apuntes para sobrevivir al aire refrenda su pesimismo ante el mundo “correcto”.

25 de octubre de 2005

El aposento de la palabra

Todo poeta quiere ser leído. Todo autor daría la mitad de su fortuna (ínfima en la mayoría de los casos) porque un solo lector comprendiera cabalmente lo que “quiso” decir. Y muchos se sonrojarían, se pondrían nerviosos (incluidos sudor de manos, arritmia y extraños cambios de temperatura corporal) al darse cuenta, al saberlo de cierto, que su obra, sí, su máxima obra (su eterna lucha con el lenguaje, sus desvelos ante el soneto que no asiste, su cabeceo constante ante la ruina), es leída con feliz y pujante alegría durante las mañanas plácidas en un baño. Este entrañable lector, el que se pasea sin prisa ni lamento por las páginas de T.S. Elliot y su potente Waste Land o muerde lomo y página marcada para sostener la lectura mientras debe proceder a un acto de limpieza y razón, sabe que este momento cima marcará su paso y trote del día que apenas comienza.

Aquí, en el verdadero aposento de la palabra, la poesía y lo poético del ser hombre, ente franqueado por la muerte, toman su verdadera razón. Entre el goteo de la orina, una lectora va y viene con la mirada, rítmicamente al compás de la descarga dorada, y atraviesa sin premura “el amor amoroso/ de las parejas pares;/ noviazgo de muchachas/ frescas y humildes, como humildes coles,/ y que la mano dan por el postigo/ a la luz de dramáticos faroles;/ alguna señorita/ que canta en algún piano/ alguna vieja aria;/ el gendarme que pita…/ …Y una íntima tristeza reaccionaria.”, (Ramón López Velarde dixit). Y así, entre el rayo que apenas declina su mirada por el resquicio del vidrio y el sonoro canto de la ducha, un lector, un enamorado lector de la palabra, puja breve, discretamente, acompasado por el canoro canto de los flatos, para encontrar su espejo en un verso, una línea, la apenas frase insostenible de una historia matutina que lo acompaña y lo cobija en este baño que es su casa, su refugio, su habitual reino.

22 de octubre de 2005

Artemio, artista (o el caos hecho ironía)

Casi quince minutos después de observar el lagrimoso acto de más de una docena de figuras hollywoodenses y otras más del cine mexicano, la sonrisa pasajera salta a la cara. Una mueca de medio vuelo que se vuelve cómplice del provocador discurso narrativo visual del artista. No basta con concentrárse en una imagen, la enumeración de lágrimas, todas ellas falsas, ponen de manifiesto un mundo en que la imagen se ha entronizado como la estética de la reproducción de los afectos que, en muchos de los casos, son materia banal. Darle la vuelta de tuerca a una iconografía que asedia todos los días nuestras pantallas, y hacerlo con humor e ironía, es un oficio artístico no exento de provocación, insinuaciones y simulada decadencia.

A partir de ediciones y montajes visuales, los videos de Artemio, claro artista mexicano de la consigna del reino de lo efímero, la garnacha, el doble sentido y la desacralización de los leiux sacrés, ha creado un universo paralelo que escapa a una imaginería establecida por los cánones del marketing, los éxitos de taquilla y los discursos visuales “correctos y bonitos” para entregar a su legión de fieles y adictos un material lleno de desconexiones aparentes, con una crítica soterrada del mundo contemporáneo en el que vivimos. Así, estos manifiestos visuales ponen el cuchillo sobre una llaga nauseabunda que puede ser llamada guerra, desmemoria histórica, héroes alterados o performers demodé.

Si para Balzac el signo de la maestría artística era captar rápido, en el caso de Artemio esta es una maestría flamígera: señala en sus videos, con ironía, insisto e insistiré, una cartografía del mundo actual que no necesita más recursos que su mirada y su copy and paste-edition, fórmula que agiliza en la mente del espectador un universo de analogías, chistes y memoria afectiva para ponerlo entre la espada y la pared sobre sus propias valoraciones del mundo que lo rodea. Ejemplo, su video ya clásico del monólogo de Marlon Brando en Apocalypse now interpretado por un divino, cursi y antagónico Winnie the Pooh. Instalado dentro de una casita de campaña en la cual era necesario meterse (es decir, adentrarse a un espacio íntimo) para atestiguar la fuerza concentrada en este giro narrativo y visual de Artemio.

La cuestión primordial, parecería decir el artista, es reventar los estereotipos, calcinarlos a punta de humor para erradicarlos de su frivolidad, llevándolos justo al otro lado de la frivolidad misma, un punto profundo donde el artista sujeta a su observador hacia un espacio de reflexión. En otro de sus videos, Mex Attacks!!!!, el clásico cliché del mexicano sombrerudo y con zarape irrumpe en 17 distintos escenarios de ciudades europeas. Un juego de valores polivalentes, en los que el personaje nada a contracorriente. El lenguaje visual del artista hace pedazos los referentes “típicos” para cargarlos con un alto voltaje en la multiplicación de lo real y lo irreal.

Artemio se presenta como uno de los artistas más vigorosos de su generación, creando enfoques visuales con dentadura afilada, excéntricos y cautivantes, que trae a la escena del arte mexicano e internacional una observación inteligente y ácida que sacude las buenas conciencias y remueve las aguas de una fatiga visual que ya estaba empezando a ser un reino de tedio.

Dinamita, eso son los videos de Artemio, dinamita en los ojos.

15 de octubre de 2005

Fotito para Timo y antología de poesía hispanoamericana


Cuando creía imposible mandárle una fotito mía al gran Timo Berger los sabios consejos de mi asesor de la Internerd me dieron la clave: subir la foto a este blog.

Timo, poeta, editor, promotor incansable de la reciente poesía se ha arriesgado a armar un potente mapa de los poetas de la América hispana en traducción al alemán y en sus versiones originales.

Hay poemas de Cucurto, Fabián Casas, Marina Mariasch, Cecilia Pavón, Luis Chaves, Miguel Ildefonso, Cerón, entre otros (pronto habrán más poetas).

Para entrar al sitio de Timo:
www.myblog.de/timolin/cat/71276/0

3 de octubre de 2005

Poesía y tiempo*

Tiempo y espacio no existen separadamente: no hay espacio sin tiempo ni tiempo sin espacio. La palabra instaura una espacialidad y una temporalidad. Un poema es un sistema cerrado de relaciones de espacio, tiempo y lenguaje. Sin la exposición temporoespacial no existiría el pensamiento abstracto. Cada poema es parte de un gran y complejo poema, donde cada uno de éstos es eslabón de un inmenso discurso poético en tránsito. Esta transitoriedad, indisociable del hombre, tiene como espejo la experiencia de la poesía.

Si cada poema es un sistema cerrado de relaciones, el ordenamiento interno de un poema crea un ensamblaje verbal en el que se suceden diversas experiencias: intelectual, sensorial, afectiva, espacial, temporal. Y habría que recordar que la identidad del poeta —como el de todos los hombres— se define también con relación a un posicionamiento que interactúa con una geografía, espacio social y educación sentimental definidos. El poeta también responde a la fugacidad del tiempo: es en él en donde se da una resistencia, ciertas imágenes arrebatadas a lo fugaz y a la vertiginosidad del instante. Aquí se conforma una nueva naturaleza, poesía y mito crean una imago que es realidad activa y permanente de lo que se creía imposible.

El poema encarna un suceso de la historia. Lezama Lima, poeta cubano y universal de grandes alturas, establece este hecho de manera fulminante y nos dice “...el hombre es un ser para la muerte. ¿Y el poeta? Es el ser que crea la nueva causalidad de la resurrección.” Resurrección que tiene que ver con la palabra y su poder de establecer universos: el poeta rescata al mundo de la angustia, genera un sentido y una vía para acceder a la sustancia poética que crea una huella, una certeza de establecimiento, un sitio en el que el tiempo, es tiempo revolvente, tiempo sitiado en sí mismo.

El poeta anda por la nebulosa de los instantes fugaces, entre el abismo y la oscuridad, entre cima y sima, resiste ante los embates de la lógica lineal de lo temporal para arriesgarse y ganar sentido, para dejar un signo para los otros. Todo porque el poeta, como cualquier otro creador, se resiste a la muerte.

Poesía y tiempo son entidades permanentemente conjugadas, si el ritmo es el ordenamiento del movimiento es, en la vida misma, donde transcurre el tiempo manifestado. Así, el latido del corazón, la respiración o el propio caminar del hombre nos revelan una constante de ritmo espontáneo y vital. Poesía es movimiento. La materia no existe sin el movimiento ni el movimiento sin la materia. Cada poema deviene movimiento, relación de equilibrios y desequilibrios verbales producidos por la fuerza actuante de la palabra. Por ello cada poema es una entidad verbal cargada de conciencia del espacio y del tiempo, su ritmo interno crea un vínculo indisoluble entre la materia (el lenguaje) y el espíritu. Por tanto cada poema se vuelve un espacio habitable, un lugar de encuentro entre el creador y su posible lector donde se abre un lazo flexible y directo de empatía de lo vivido, de la memoria colectiva, de una afectividad compartida.

Cada poema potencia un decir que tiene eco en el otro, en el escucha, en el lector. Y el ritmo, la cadencia vital de cada poema, entabla una relación. Esto no sería posible sin el previo conocimiento del poeta del tiempo, el espacio y el suceso verbal que se quiere dar en el poema. Entonces, ¿es el movimiento consciente o no en el poeta? La llamada “respiración” natural del poeta, o el ritmo personal, es algo que se cree dado, sin embargo, el poeta conoce ciertos movimientos adecuados a la técnica o la retórica que le permiten un ritmo particular que le es más afín. Por ello hay autores que sólo se sienten cómodos dentro de formas como el soneto o el verso endecasílabo, en otros casos al poeta se le da una respiración y/o ritmo de movimiento más libre. En cualquiera de los casos, el poeta intuye que el vigor espiritual de su ritmo dependerá de su actitud frente a la vida. Así, hay poetas que parten de una contención y economía verbales, dando como resultado poemas de lentitud, de concentrada contemplación. En otros, la capacidad de movimiento se lleva hasta la exaltación, a una poesía que se deja trasminar por la vertiginosidad del mundo, en ellos hay una apuesta por una rápida y contundente resolución.

La ejecución del poema está asociada al carácter psicológico del autor, y en ella, como en el poema mismo, el ritmo es reflejo de un arte del tiempo. Hay en la página, en el suceso sígnico y verbal del poema, una trascendencia de espacio y tiempo expresada en el poema de manera que conciencia, experiencia instintiva, afectividad e intelecto se aúnan para hacernos partícipes de un universo particular sin fecha de nacimiento ni caducidad. Es en el gran poema (más allá del cálculo métrico de los versos y su intelectualidad) donde nos vemos rebasados por su ser atemporal, por su espíritu que logra trascender la tiranía de lo inmediato para expresar nociones de la condición humana y de lo profundo humano. Si el tiempo y su transcurso son irreversibles, el poema procura al hombre escapar a la implacabilidad del minutero.

Cada ser humano tiene una participación activa, inconsciente, en el tiempo. El poeta incide en el poema por una incitación profunda y secreta de la voluntad que lo arroja hacia el decir en el poema. Su tiempo, tiempo viviente y ontológico, le procura un habla fuera del dominio de los meros fenómenos de la vida. Los distintos estados afectivos influyen en su conciencia y su relación con el transcurso del tiempo. Tiempo subjetivo y de variabilidad, es quizá este tipo de “tiempo” el que más influye en la escritura poética. Tiempo afectivo que se apodera del alma del poeta y conjuga su influencia con la palabra para dar poemas donde se pierde la conciencia del tiempo, como en los poetas místicos.

El poema y su duración encierran y engendran un nuevo sentido del tiempo y el espacio. La relatividad, núcleo esencial del arte, enraiza en el poema. El poema no está en el tiempo, pero el tiempo está en la poesía. Un tiempo, paradójicamente, atemporal, sin principio ni fin. Es por ello, insisto, que el poeta responde a la fugacidad del tiempo: es en él, en su escritura, en donde se da una resistencia a lo fugaz y a lo inmediato del instante.

En el verso reside a la vez el alma y la vida de todo poema. Ahí el dominio de la ejecución formal y de la potencia del lenguaje crea regularidad, traducida ésta como condensación, intensidad y sentido. El poema une realidad, concepción del mundo, espacio y acto. El poema concreta en verbo espacio y tiempo, tensión rítmica y sentido de mirada. El ritmo es temporal, la palabra es intensidad que incide en el espacio y por la plasticidad del lenguaje se vuelve materia. Materia verbal que transfigura. Punto de apoyo que mueve al mundo (Arquímedes). Y para cerrar esta breve reflexión citaré un poema del poeta uruguayo, afincado en México, Eduardo Milán, de su último libro Unas palabras sobre el tema, que apunta sobre el tiempo que necesita el ejercicio poético:

Tiempo precisa el poema,
precisa un tiempo especial
y tiempo es lo que no hay.
El contratiempo lo ronda,
le da vuelta alrededor, le danza
esa demanda de agua antigua, primordial,
de sacarlo de lugar hacia aquel
acto de gracia inexacto, sin recuerdo
—funesta era la señal
de un levantar de pájaros, súbito
delante de un paso pausado.
El destiempo también, ese temor
de estar en calma, parado como mar,
como cielo de igual modo, tenso
enrojecimiento, no hay brisa, ningún pájaro,
ese momento sin par. Llámenme Ismael.
Tiempo es lo que precisa, no hay,
se ve obligado a madurar entonces,
entretanto cae como un níspero, no espera.


*Texto leído en la Colección Jumex como parte de las reflexiones sobre el tiempo y distintas disciplinas artísticas y la obra del artista japonés On Kawara.

25 de septiembre de 2005

Las auténticas ñáñaras del Tercer Mundo*

Así sin más, sacó un billete de 1000 pesos, de esos, de los recién desempolvados de las bodegas del Banco de México. —Pero si sólo me debe 120 pesitos del mezcal compadre—, le dijo Don Serafino. Pero el presumido de Santiago Niebla quería mostrarle al universo entero del barrio de San Andrés de los Volcanes que él sí tenía en su poder uno de estos.
—Qué quiere mi Serafino, yo voy al día con la economía del país. Y ora que nos estrenamos pus yo ya nomás manejo de estos.
—Pos ni modo mi Santiago, aquí le dejo encargado el changarro y voy a ver quién me cambia el billete...
Tres horas más tarde, Santiago Niebla, mejor conocido como “El quebradizo” (por aquello de que se quiebra cada tres días por las crudas), volvía a sacar otro billete de 1000 pesotes, ora en la cantina. Era éste su último billete. Los dos mil pesos eran su pago mensual por acarrear sacos de cemento. Los presentes —compadres, compadritos y compadrotes– empezaron a lanzar extraños ruidos guturales de asombro y exaltación. Por estos lares ver un billete de tan alta denominación era un acontecimiento, un verdadero milagro. Pasó de mano en mano. Después de la euforia, justo en el momento que regresaba a manos de su dueño, entró María, la mujer de Niebla, con dos niños mocosos de la mano. Lloriqueaban, según la madre de puritita hambre. Gritos, empujones y un manotazo —y un billete viejo de 50 pesos— sacaron a la mujer de Niebla de la cantina.
Cuatro rondas pagadas por “El quebradizo” pusieron fin a la sesión etílica del miércoles. Con paso rasposo, Santiago se dirigió a su casa. Media cuadra antes de su destino, un vivales le salió al paso.
—Qué mi buen, muy riquillo con tu billetito. Muy en la prosperidá de la economía del país, ¿no? Sácalo. Si no aquí te quedas tieso mi buen.
Antes de una respuesta, un puñete en la mejilla izquierda y un derechazo al hígado, pusieron por suelo el quebrantado cuerpo de Santiago. Un movimiento rápido le sacó la billetera. El vivales sacó el reluciente billetote de 1000 pesos. Y cantando “la mesa que más aplauda, le mando, le mando, le mando la niña, za, za, za, yacuza, za, za...” se alejó feliz y campeante. Mientras tanto, María y sus dos mocosientos chamacos comían en el mercado un par de tortas de tamal con su reverendo chesco. Con los 20 pesos sobrantes, María compró 1 kilo de frijol y ½ kilo de arroz, el resto lo destinó para comprar unos chilitos verdes. —Pa la semana, con esto comemos—, pensó para sus adentros.

Colofón
Ñáñaras, ñáñaras, mi estimado Señor Presidente, le tenemos a la pobreza, al mal gobierno, a la tibieza de mando con el que usted ha venido gobernando este país. Sí, ya es rumor popular que a “grandes expectativas, grandes decepciones”. Pero usted prometió cambios en el rumbo del país que aspiraban a ser paradigmáticos. Una economía eficiente, más fuentes de trabajo, un acuerdo migratorio más justo para nuestros compatriotas mexicanos, esclarecimiento del caso de las muertas de Juárez, sólo por citar algunos. En breve, suponíamos que iba a GOBERNAR. Así que de ñáñaras a ñáñaras, entre las de usted y las que nos provocan sus cuatro años de mandato —esas que de verdad se sienten y provocan piel de gallina— las nuestras salen ganando.

* Inspirado en la respuesta de Vicente Fox “Se sienten ñáñaras” a una niña que le preguntó “¿Qué se siente ser presidente?”. Enero de 2003.

23 de septiembre de 2005

Duda, enorme duda

Por más que he lanzado aquí y allá dardos cargados nomás nadie acierta a articular respuesta. ¿Qué es ser un "sujeto político"? ¿Cómo entender la "política" hoy día, el suceso? Por favor manden guías, coordenadas, algo que me alumbre ya que soy una neófita del asunto y quiero dejar de serlo. Gracias....

19 de septiembre de 2005

Sobre esa entidad llamada Dios (y después de leer a E. Mounier)

"...decimos se hará si Dios quisiere, no porque Dios tendrá entonces nueva voluntad que no tuvo, sino porque lo que está decretado ab aeterno en su inmutable voluntad, sucederá entonces."
San Agustín, La ciudad de Dios

El principio del monoteísmo es el orden, la regulación. Dios es antropomórfico, creación de la imaginación humana. Necesario para la sobrevivencia, justifica, responde, es padre mediador y, sobre todo, apacigua la incertidumbre. El miedo nace del misterio, de lo no resuelto, de lo imprevisto. Para nombrar esta intencionalidad, este eje en el cual poder sujetarnos, Dios se hizo estructura y símbolo, en él se fusionaron los principios del poder creador y del poder de dirección sobre la vida de sus criaturas, es decir, la humanidad.
El principio de lo divino es la propia liberación del hombre, de su mortalidad. ¿Qué puede ser más satisafactorio que la propia liberación de la carne, del paso del tiempo? Es por ello que el hombre erigió un espirítu, una esencia superior a él, e igualmente cercano (esta creado a su semejanza) para la canalización de una fe de lo inefable.
Ante el destino, su azar, lo precario y las riquezas que ello implica, había que construir una entidad la cual albergará la esperanza de aquello que puede ser cambiado. Si Dios tiene multiples rostros es porque se adecua a la imagen de supervivencia que necesita cualquier sujeto para proseguir en la vía tortuosa de la vida. Un medio que apacigue los miedos y la incertidumbre es necesario para contrarrestarlos, allí se presenta el nacimiento de un dios capaz de asisitir al desamparado. Y vale recordar: cada hombre es un desamparado.

17 de septiembre de 2005

Cadáver exquisito a cuatro manos (Springer-Galindo-Madhuar-Cerón) con motivo del estreno de la olla Le Creuset con un magnífico pollo al vino tinto

Hoy soñé con tu cráneo abierto, tu mente desbordando agua sucia
que son lágrimas de angustia, de miedo
de las ranuras que crecen en la banqueta móvil
descanso en tu tierra, en tu cuerpo, en la movilidad del cerco
tu vientre, encierro de mi furia, razón de la libertad
de recorrer con la mirada tu cuerpo entero, vivo, ácido
líquido nacido de los planetas inconformes
puto y crees que eres interesante, ¡ja!
aj, uhm, argh, sssi, pff, me ahogo, me muero, déjame
en paz, déjame en el más infinito de los infiernos
del café, cuando te haces ostión en el arrecife
todo mar es una insípida demostración de deseo
que me hace pagar toda mi inconmensurable culpa por haberte odiado
hasta los huesos, inmundo, asqueroso, podrido
en las plantas y en la rosa que pasé por mi culo
y nada más ávido que la mierda y tu pendejez
pinche palabra de mierda, blasfemia de los que no saben amar
todo tu ser hasta morir, sin amor no hay
dos postes con mastique______.

13 de septiembre de 2005

Después de un maldito día en el tráfico

Escribir desde la ciudad, habitándola, escondiéndose en ella o explorándola. Escribir poemas que no hablan de ella pero que, sin embargo, están cargados de su complejidad. Derramarse en sus calles pero evitando llegar a sus lindes. Estar en quietud ante su realidad envertigada (bien decía Kierkegaard “Reaccionar en la angustia o ante ella es el infierno”). Habitar sus fabulaciones, su cerco, su acantilado y su fosa común. Estar encadenado a su jardín, a sus leones, a su voracidad. Agradeciendo siempre sus cortes, su humana intimidad con los despojados (que somos todos), su estilete oficiando sobre la cabeza.

11 de septiembre de 2005

!Salud!


Si los viajes ilustran, los encuentros de escritores más: ahí es donde verdaderamente se saca a relucir la verdadera naturaleza de uno y de donde sacamos material literario para "no ficcionar y sí mentir dado que la realidad nos sobrepasa" (mezcla de conceptos del messie Oliva y Groucho Robles). Sobre todo, después de vino, chelas, tequila y brandy Torres X. Este texto va para los amigos de las habitaciones 403 y 104 del hotel La Soledad (Morelia, México) que logró que el ensayo de la vida sea el mejor texto que se escribió en todos esos días dedicados al multicitado francés Montaigne y a sus remedos. Ah, y también va dedicado para los compas chilenos como los Carrascos, Germán y Julio y pa los compas argentinos Cucurto y Di Napoli, quienes también forman parte de la educación sentimental (de encuentro en encuentro, uno termina desencontrándose y volviéndose a encontrar...) de quien esto suscribe.


Frente a un viaje agotador de varias horas, guardo el ritual de brindar con el cielo. Mientras discurro en la forma de las nubes desde la ventanilla, alzo la copa. Cada nube es un trazo casi japonés (una constelación de dibujantes prepara sus brochas y carbones cada mañana). Yo soy de cada cielo, porque uno no es del país en el que se ha nacido sino donde se pierde, y se deja, la mirada. He descubierto en el perfil de las nubes la fragilidad. La fragilidad y la impotencia del cuerpo que, atado por un cinturón, encapsulado en un avión, sin posibilidad de ser Ícaro, adviene melancolía. En el aire todos somos náufragos.

Soy un extraño extranjero: he volado tantas horas que me reclaman tanto los Pirineos como la cordillera de la Sierra Madre. Y no le pertenezco a ninguno. Entre esta mano que escribe y la mirada que descansa en aquella cima montañosa, agoto mi lazo a tierra. Desde el aire se dibujan los rostros de ciudades, carreteras, lagos, autos. Ahora aquello, abajo, no es más que suma: trazos ágiles y precisos, humanos. El cielo es otro asunto. En sus imprecisos dibujos hay un mundo. Suspendido entre vuelos anímicos y oníricos me despojo de mi vestimenta citadina para enmudecer ante la soltura del viento.

En este cielo no hay nacionalidad posible. La ventanilla del avión es un puente que abre al universo y permite acceder hacia un mundo horizontal (sin jerarquías humanas) en una mirada a vuelo de pájaro. Aquí es posible imaginar, en la lectura celeste, el paraíso: un espacio de levedad aérea donde no hay más que música de vientos (no el horror del claxón en las horas de tráfico), donde viven todas las formas posibles (cada nube tiene vida propia), donde uno, a pesar del cinturón que ata al mundo humano, viaja con la mirada por cada contorno y cuerpo, por cada resquicio del cielo que nos es permitido mirar desde esta breve ventana.

Lo sobrenatural de la mirada es cuando se olvida que está pegada a un cuerpo y se desprende para echarse en vuelo hacia lo alto, cuando aprende del horizonte su libertad de expansión, cuando entre las nubes encuentra el follaje resplandeciente de un sauce, cuando las nubes son frutos y las notas florales-vocales del viento del norte forman la vieja canción de cuna de la infancia. Cuando pasa todo esto, y la felicidad acude, se ha llegado a casa.

Entonces alzo mi copa de nuevo y brindo porque en esta esquina de cielo viven todos mis recuerdos.

7 de septiembre de 2005

El cuerpo como escritura



El sentimiento artístico, tan increíblemente cerca está de lo corporal, de su dolor y placer, que ambos fenómenos no son, en rigor, sino diferentes formas de una misma ansia y ventura.
Rainer Maria Rilke


Desde tiempos remotos el hombre se ha subyugado ante su propia fisonomía. El cuerpo es emblema milagroso de vida. Es el espacio que nos dicta la salvaguarda de la propia existencia: el dolor que padecemos es un recordatorio de que seguimos vivos, que la muerte —somática y álmica— aún no nos atrapa. La historia recoge ritos antropofágicos, como en los aztecas, en los que, después de sacrificar a la víctima, el cuerpo era arrojado desde lo alto del templo hacia la muchedumbre para que ésta cortara algunos pedazos de carne. Semejante, en su sentido, a la comunión cristiana, los aztecas parecería creyeron en una especie de extrapolación de fuerzas: al comer un pedazo del sacrificado se consumaba el rito, los dioses se hacían carne en la carne de los fervientes. El cuerpo, así, se convertía en una manifestación de poder, de bendición.

Comienzo contando esto porque hoy, en plena decadencia de la posmodernidad y en auge del hedonismo, seguimos haciendo sacrificios, ahora no con los cuerpos ajenos sino con el propio. La dictadura estética imperante en las fisonomías de las personas los ha llevado a alejarse de lo que, probablemente, es su naturaleza anatómica. En la actualidad, los cuerpos se encuentran sitiados por la falta de volúmenes, pocas curvas y figuras estilizadas más allá de una proporción razonable. El cambio en la percepción del cuerpo tiene, de igual manera, su reflejo en las artes. Así, la mayoría de los desnudos de la pintura contemporánea global (con excepciones claro está como el talentosísimo Lucian Freud, quien exalta las imperfecciones y desgracias de los cuerpos y, en el orden nacional, el pintor Daniel Lezama, quien pone de manifiesto las curvaturas de la “familia mexicana”) nos remiten a cuerpos delgados, estilizados, magros.

En la escritura, la situación ha derivado en cuantiosos estudios sobre nuestra dimensión carnal (recordemos el ensayo de Francisco González Cursi “Mors repentina. Ensayos sobre la grandeza y miseria del cuerpo humano”, autor que ha recorrido a través del ensayo las aristas, coyunturas y dislocaciones de ser cuerpo y padecerlo o el estupendo paseo por los sentidos de Diane Ackerman en “Una historia natural de los sentidos”), en los que encontramos disertaciones varias que oscilan entre el cuestionamiento simplemente biológico del proceso vida-muerte, las enfermedades o las distintas manifestaciones somáticas que existen en ciertos sujetos que, ante una crisis psíquica, su cuerpo comienza a detonar un orden de cambios y síntomas. Pero los escritores y artistas ven y van más allá, las múltiples manifestaciones de lo corpóreo: languidecimiento, brutalidad, sensualidad, postración, sólo por citar algunas, dan pie a la transposición de palabras e imágenes a un resultado que es en realidad de un ámbito mayormente cercano a un gesto, a un movimiento. Nos reconocemos en el otro por una manifestación espejo, es decir, en las posibilidades del cuerpo ajeno, ante nuestra mirada asombrada por los aspectos de la fealdad, la belleza o la diferencia, encontramos una símil esencia, la humana derrota que significa la muerte. De esta manera, los límites entre uno y otro se ven reducidos al espacio existente entre la página y el lector o entre una pieza de arte y el espectador. La capacidad del autor de descubrir en el cuerpo del otro sus propios deseos, miedos y desesperación, y al traducirlo a su obra, permite sean difuminadas las fronteras.

Al hablar del cuerpo y sus sentidos, se nos es revelada una memoria privada que se expande hasta hacerse colectiva. Si en tiempos ancestrales el cuerpo era fundamental para los ritos, como medio, herramienta y objeto de sacrificio, en nuestros días el cuerpo sigue manteniendo dicha disposición: nuestros cuerpos son todo el tiempo trastocados por el contexto estético, somático y de las enfermedades que nos aquejan. El cuerpo es, entonces, un espacio que permite no sólo el encuentro de afirmaciones y cambios sino de actitudes sociales que hacen de éste un espacio de reinvención, basta mirar alrededor y ver la cantidad de individuos con cirugías plásticas. El creador atento sabe que, al apropiarse de los cuerpos ajenos, realiza un ejercicio de suplantamiento: en la obra quedarán los rastros de una piel que se presenta como lienzo o página cargados de una geografía multiemocional más que fisiológica.

Escribir el cuerpo es encontrarse igualmente con la habitación primera (ahora comprendo mi cuerpo porque es casa construida de palabras...), es confrontarse con uno mismo y con el otro, con las debilidades que eso conlleva. Fortaleza y vulnerabilidad en estado seminal. Al hablar del cuerpo se tocan el deseo, la sexualidad, el horror, el deceso. El principio de cualquier civilización es el deseo, el deseo de conocimiento. Así, el erotismo, parte inherente de la condición humana, es un campo de libertad desde el cual varias plumas nos han lanzado sus prodigiosas flechas (sólo por citar a un autor recordemos a Raymond Radiguet con su novela “El diablo en el cuerpo”). Hay una poética de los sentidos en la que todos nos vemos insertos, por ello arte y carnalidad son compañeros indisolubles. Se unen para hablar de verdades íntimas, humanas.

La literatura y el arte son, en principio, aproximación, inclusión de una particularidad a un todo. La antropofagia persiste, ahora nos apoderamos de los cuerpos de los otros para seguir desmenuzando, en un rito abstracto y carnal a la vez, los horrores y la grandeza de la piel. Cuando Proust decidió, más allá de la enfermedad, postrarse durante años en su cama, sabía que las posibilidades de ver el mundo y sus habitantes desde ese rincón era una gracia inconseguible de cualquier otra manera. Supo que, para disertar sobre la condición humana, y sus cuerpos-personas, tenía que inflingirse a sí mismo la desgracia provechosa de aquietar su propio cuerpo. Entre sábanas y sudores, descubrió el sentido vulnerable de tragarse a sí para ahondar en lo Otro.

5 de septiembre de 2005

Elogio de la axila


Cuando a uno le preguntan sobre la belleza sucede que el interlocutor en turno espera que la respuesta verse acerca del espíritu helenístico, la languidez bucólica del romanticismo, los altos vuelos del alma o la congestión visual de una obra de arte o bien el estremecimiento ante la lectura de un poema. Este es mi caso y no. Para mí la belleza reside en estos grandes tópicos pero también en lo fugaz, en lo pequeño, en lo cotidiano. Belleza es, para esta fanática de la brevedad, una cóncava silueta que se define como sobaco y, sobre todo, el masculino. La curvatura y los vuelos de sus rizados vellos, combinados con un olor que emula la más profunda significación de lo que es la testosterona, comprueba que la belleza puede encontrarse en cualquier resquicio, en una parte oculta del cuerpo. La axila es una provocación a la grandilocuencia. El sudor —sus perladas emanaciones— es la prueba fehaciente de que el cuerpo produce belleza hasta en sus más nimias manifestaciones.

Hay personas que se esconden entre olores artificiales para que su propio “caldo” corporal no se ponga de manifiesto. Nada más despreciable. Los olores son igualmente un vislumbre de belleza. El olor de una axila entreabre, e ilumina, los más íntimos recuerdos, privilegia el instante paradisíaco de reconocerse humano y mortal. ¡Qué mejor manifestación de lo bello que el saberse imperfecto y mortal! El idioma de la belleza es un lenguaje subjetivo y horizontal (la verticalidad está en su hondura de emociones provocadas), un lenguaje que fija vértigos a través de las sensaciones y sus desgarramientos. Un sobaco es el principio y el fin del universo para una nariz educada (de alto índice de sofisticación, diría mi buen amigo Joe Springer).

“La visión se ha concentrado en todos los aires”, proclamaba Rimbaud. En estos aires se esparce un sudor que es, finalmente, el de todos. En esta pequeña angulación corpórea se sitúa forma y fondo, nostalgia y descubrimiento. Yo no confío en un hombre hasta no haber percibido el olor penetrante de su axila, hasta no haber penetrado en ese breve mundo de sí mismo, porque sé que quién mejor me hablará de la limpidez de su alma, de su estatura álmica y de la belleza de su verdadero ser es esa cóncava simulación de universo. Lo bello de lo primitivo es que no miente, ni esconde, ni desdibuja, simplemente vive, palpita, transpira.

La belleza de lo nimio nos devuelve la certeza de que cada rincón puede ser la puerta a una experiencia de sublimación e iluminación. ¿Por qué esperar encontrar lo bello sólo en lo que habitualmente nos han enseñado a mirar, a percibir? Yo creo que el goce estético puede estar siempre al alcance de la mano, ahí donde no nos atrevemos a explorar. Yo he amado varias axilas, he encontrado en ellas un sitio de belleza, de placer, de una sorda y frenética experiencia de la belleza, por paradójico que esto suene. La ráfaga de un sudor auténtico, liberado de desodorantes y demás afeites es una experiencia estimulante y verdadera, inquietante hasta el tuétano.

Dejémonos ir por lo cotidiano, por lo fugaz del mundo y encontraremos ahí que la belleza es una marejada presente a cada instante, a cada mirada u olfateada. Habría que recordar que lo bello es también esa mancha de lodo que transcurre por nuestra ropa después de haber sido salpicados por un auto a toda velocidad en uno de esos días en que todo parece que va a estallar.

2 de septiembre de 2005

Elogio de la Hamaca (al club de Progreso 207-piso 2-varios deptos)

Pensar significa alejarse, no de la cotidianidad, no del día a día, sino de las interpretaciones corrientes, de lo ordinario. Y pensar es dejar la productividad mercenaria de costado, como a un perro que no le queda más que aquietarse ante la mirada definitiva de su dueño. Los lebreles asientan su furia cuando la presa se detiene en lo alto de un árbol y los mira con piedad. Ya lo decía Nietzsche, “Las razas laboriosas encuentran una gran molestia en soportar la ociosidad.” ¡Qué poco talante de los hombres para encontrar en la holgazanería una saciedad irresistible!

La inmovilidad-móvil de una hamaca es el terreno fértil del mejor pensamiento, como lo es, también, el lecho. Proust encontró en la cama el perfecto espacio para desentrañar, desde ahí, la condición humana. Se aspira a ausentarse del mundo para mejor conocerlo, para replegarse entre el vaivén sin temor a desplomarse hacia uno mismo. La pasión más poderosa será siempre la pasión de la pereza (Beckett dixit). No hay afrenta en el ocio, hay despertar a otro tipo de mirada. Ser un holgazán permite ampliar los contornos de la realidad, permite interpretar los avatares de los problemas corrientes y restregarlos ante la impasible actitud del desprecio por los excesos de la actividad productiva. El ocio es la zona libre del pensamiento.

No hay que negarlo: todo hombre es, o confía llegar a ser, un holgazán. ¿Cuántos días no se pasan en la inopia, en la ausencia? Las sociedades actuales están arrebatadas por los excesos: ruido, movimiento, aceleración. Los horarios de oficina extreman la pulsión de estar “ocupados”, obtener dinero a costa de lo que sea (aún a costa de ciertos momentos de recuperación y de sabio carácter festivo y laxo) u obtener una figura deseada por los otros (con sus respectivas horas invertidas de sudoraciones innecesarias y circenses posiciones) son males que obligan a la actividad. El exceso de movimiento no aquieta los temores, ni las iras. Ante la actividad hay que guardar un gesto de perspicacia. Ni tres horas en un gimnasio serenan un espíritu conmocionado. En cambio, el holgazán acepta, y asume, su ser. Un ser que asume sus debilidades y miserias. Un despreocupado que atiende sólo necesidades apremiantes: la rareza de pensar y el hábito gustoso de la languidez.

Para aquellos que opinen que la productividad es un bien mayor y que dignifica a las personas, arremeto con las profundas, y lapidarias, palabras de Pound: “La miseria humana es más estable que la dignidad humana. Hay mayor intensidad en la pasión del frío, del arrepentimiento, del hambre y de la humedad fétida de un calabozo medieval que en comer sandías.” El holgazán sabe que el precio a pagar es la falta de optimismo y la caída al aparente reino de la vergüenza. Se es cínico en la pereza porque no hay más forma de replica al ideal de los otros. Y la hamaca vuelve aquí como símbolo de bonanza mental y espiritual. Uno conversa con los demás, y con las cosas, los sucesos, los años, los días, las otras voces, desde la tranquilidad de un observador que anota el paso de los hechos en sus disertaciones mentales. Si “la conversación es el índice de la mente” según Séneca, el paraíso de todo conversador es una hamaca, o un sillón mullido o una cama hundida por nuestro peso y forma o la simple estancia en aquella banca del parque donde, siguiendo nuestra inclinación natural, dialogamos con el mundo desde la pereza del cuerpo más no de la mente. El carácter festivo del ocio, su carencia de esfuerzo, legitiman la vita contemplativa.

Y en esta hamaca, desde la cual dictó este texto, recuerdo una clara cosa: para que exista perfección entre la comunidad humana habrán de existir hombres que se entreguen a la vida de la contemplación como natural revés a la euforia de la productividad. Ante todo, está, el divino derecho del hombre a ser él mismo.

30 de agosto de 2005

SOMA*

Sitio de partida


Lo más profundo que hay en el hombre es la piel.
Paul Valéry


Debajo de la piel hay un fracaso.

El alveolo no atempera el miedo,
el ramaje exacto va, viene,
trayendo la oquedad del aire

(esta sangre, despoblada de hábitos, sólo conoce el eco de una letra:
M que madura en las vértebras, castañea menuda, y mártir es en este navegar
de muecas que el olvido no procura)

Debajo de esta dermis la brasa aclara el engaño de estar vivo

(brasa como filo, filo de cierta era, era que guarda lo insondable)

aquí —líquido que guarece la llama,
aire que entona un gemido tácito y palpable—
se esconde el humor de la infancia,
la lentitud del invierno,
la cosecha muerta de una frase.


El ocupante

Yo, bufido, destrozo, habito encarnizado
hasta la médula del miedo,
relincho en la pereza de las venas,
sacudo –un poco, apenas hincho–
el alveolo izquierdo y aquieto, aquieto
en tajo, la resistencia del vahído.

Yo, escanciador de voz y desierto,
expando alas y asumo el reino:
todo tornado es un suspenso.


Fontanela

Jaque y hueco,
austero ojo del domo donde se finge
la redondez de la escultura,
articulado y óseo no tiene más virtud
que su encendida horadación.

Antes de la palabra el puente
donde se hunde el dedo para tocar la idea,
trastabilleo del hueso,
grieta que fustiga a la memoria:
en el deseo de clausura la totalidad del gesto.


Resistencia

Bajo el desdén de la canícula
erra la mano en su deseo de prisa,
de movimiento arduo sobre el blanco.

Mas el cuerpo aquieta desazón y agotamiento
en la enmienda del paso justo.

Hay contacto entre velocidad y pausa,
un registro de paulatinos tonos
que engarzan en un vaho el cantar del cuerpo.

Redoblando el movimiento, en caída,
vertical y austero,
el nervio más grande atrae hacia sí
la pulpa añeja del escarnio.

Ya nada interpone su designio, ya nada es sólo sangre,
hay historia emplazada en cada miembro, en cada herida,
en cada gesto.

Despacio y aprisa –como el tiempo– se acuna en la mano la palabra.


Esplenio

En este triangular destino
donde se fraguan las junturas del relámpago,
en este punto álgido
que permite sólo el cabeceo menor,
comienza el desliz de la tragedia.

Apenas puñado de red fibrosa,
apenas geometría escalena,
apenas contracción de dos dedos de músculo
donde se aposenta el miedo
y punza.

Aquí tira la voluntad de la vejez y el tedio,
se ahonda el clavo y hace merma en el poco cobijo del cuello,
aquí, en este punto álgido, se descubre la fragilidad,
se especula la posibilidad de una pronta muerte
para acallar la úlcera invisible de un taladro.


Habitación 413

Que nadie contradiga cuan abierto es el deseo
de estar así, bajo las sábanas de otoño,
mirando destejer del día a las sombras.

Que nadie ose (no mientan, no sean púdicos) decir
que en este lecho de herido no hay gozo,
lascivia, encantamiento.

Que nada irrumpa tan excelso instante, que nada evite
el contacto de la gasa sobre el cuerpo.

Que nadie venga
(¡cómo no odiar a las visitas y sus lánguidos consuelos
y su encendido morbo por la muerte!) a escuchar
la respiración atrofiada, el quejido
—una y otra vez, una y otra vez—
de dolor profundo, oculto.

Que nadie mire este despojo de hombre
—ya flor, ya hierba, ya esqueleto–
agitándose en la arista del recuerdo,
intentando guardar las mieses, el sudor,
la breve valentía de ser presa.

Que nadie roce sus labios, manos,
que nadie toque nada.

No recorran esta habitación, esta ciudad cercada,
huelan sólo la fragancia del espino.



Sublingual

¿Qué hay debajo de la lengua?

¿Un triturar de huestes vocálicas,
un cierzo de agudas consonantes,
un despojo de viento áureo,
quizá el mustio huso de la letra?

Aquí entre toneles de saliva y tiento
se guarda el vocablo,
la gramática de tu rojo nombre,
y se incendia –sí, se incendia–
la simetría del giro:

debajo de la lengua hay un presidio.

A Ehitel Silva Zegarra



Menudencias

No hables sólo de tu execrable páncreas
y su estilete agrio,
ni de la pretendida lozanía del hígado
—ayer ya remolacha y sino—,
ni siquiera del bazo y sus manías gallardas,
que todo será caldo, sopa aguada,
suculencias no de mujer ni de hombre
sino de un puñado de lombrices
que loarán festín tan regio.

Intestinos —ni tan largos ni tan cortos—
serán aperitivo, apenas bocado breve, servil.

El corazón —segundo plato— habrá de rendir
puñado y medio de abono;
postre de majestades, el estómago
será digna bazofia para el convite reunido,
pedazo de cielo para mortal jauría.

Los ojos —cautos— serán nicho de huevecillos,
borde tenue entre muerte y vida.

Vísceras, en fin, de salada signatura
que, apetitosas a rastreros seres,
no valen ni un minuto de tu empañada mente.


Coda

A la memoria de Juan Oronoz y Francisco Niebla

Cómo me gustaría oír
el estallido de la pústula
la lascivia de la herida
el grito ahogado de la costra
la melancolía del golpe
y así acostarme en el lecho de espera
con la ebriedad atada al cráneo
sólo aguardando la ferviente aparición
de cualquier muerte.

* Estos poemas fueron publicados en Ediciones Eloisa, Bs As, 2003.

24 de agosto de 2005

Apuntes para sobrevivir al aire

Querer asistir al último festín de las mentiras, y ser el ganador.
El último que ríe en la fiesta.
El primero que cae estrepitosamente.
He de mentirme todos los días para no matarme.
Y hoy —tantos días— pesan más que la bendición de Cristo.



Recién aparece en el diario un titular donde se habla de violencia y odio, la xenofobia y las divisiones. Toda la certeza de que el hombre es altamente estúpido. Yo destruyo a mi semejante porque odio la debilidad que lo nombra. Me cautiva la podredumbre porque es la raíz de mi pasado, de mi presente y de un futuro que aún deletreo con sangre y odio. No niego mi desastre: es lo único que me crea y edifica. Los días son notas presenciales de un temor que invade el cuerpo. Sólo lo que transita por los dedos y la imaginación cabrá en el resquicio de una salvación que se antoja olvidadiza. Apenas escurridiza y, por lo más, ciega. Descubro en el automático acto de matar una refinada intención de inmortalidad.
Las ideas nombran el suceso del parricidio para llevar a la tierra prometida su nombre esperado. No me ofende la razón de los sentidos, no me ofende saber de las heridas y pústulas del mal viviente (Villon habría de morir entre mis brazos); yo soy una gráfica agonizante en un hervidero de cifras y catástrofes. Sísifo dichoso, con angustia por la vida, caída perpetua, pero sin el valor de atragantarme y ahorcarme en los albores de esta tarde. La violencia es el trago que ha de pasar todos los días por la garganta (tráquea enmudecida por el compás agónico de la inmundicia).
Sólo me avergüenza el canon. Sólo me ofende la posibilidad.



Para hablar hay que superar la tiranía de la velocidad. Distanciarse del vértigo; superar el miedo; dar inicio a la resistencia. Esa, “una interminable derrota” (Camus dixit).



Miro transcurrir los días, me pregunto hacia dónde va lo que llaman “normalidad”. Mi vida es un desastre mental: lo único que escucho son los días. Así la modernidad pretendida del siglo que corre. ¿Hacia dónde dirigirse? ¿Dónde albergar la poca fe que nos ampara? La poesía es una nebulosa satinada que guarece mi cabeza.



Desatar los nudos. Me destazo para saber de las franjas fronterizas, de los abetos que han desprendido de sí el último canto y graznido de los cielos. Ya las partes serán testigos del idilio vesperal de los sueños y la tierra. Desatar las flores, las lilas, las astromelias y ocultar en el vertiente de los deseos una semilla de padecimiento.
No juzgo los elementos caídos, son los restos de un atardecer que no trae noticias ya de tierra. Pretendo desatar las vocales de su alegría, devolverles su sentido de bolo alimenticio, de granujada estomacal. Desato los nudos de la locura e invoco, en nombre de todos los nudos ciegos, un recuerdo que ancle a tierra a los suicidas.
Depredación: permanencia en la fugacidad.



Ninguna anunciación salvará al mundo. Ninguna madre habrá de traer a su hijo para guarecerlo. En este mundo, en este día, la reconciliación se hace en el perímetro de la fatiga, en el escaño último del silencio, al lado de una honda zanja. En ese punto donde lo que se oculta es el bien para mantenerse alerta y vivo.
No hay restitución sin saliva férrica. Todos los centavos del mundo en la boca. Manifestación orgánica del desastre. No me ofende la oscuridad ni la exaltación de luz, me ofende la falta de sentido en este juego de reflejos, de contraluz y desmedida reunión de avatares lumínicos donde se esconde lo predecible pero que nadie quiere ver: debajo de todo el griterío de las hordas el monstruo ha comenzado a devorarse. Cuando su boca, repleta de miseria, haya acabado consigo mismo y los hijos de nuestros hijos, sus fauces darán en el blanco: mis brazos serán el trofeo de caza de su jauría. Mi boca su entrada triunfal sobre las aguas. Y estas manos que lo enuncian serán los mendrugos que arroje hacia los pobres.
Más debajo de la piel y las vísceras, más al otro lado de mí, hay una puerta abierta: mi doble ya camina hacia la muerte.


Insistencia. Aquella palabra caía en la copa de los fresnos. Esa, la que mordía los contornos de un día de asueto; donde los restos de un almuerzo sacudían las viejas letanías de familia. Esa, la impronunciable por vergüenza y decoro. En la insistencia de la palabra traducida a gesto no escucho ya los viejos reclamos, las traiciones, la verdad de aquel invierno que terminó en silencio.
Insistencia del deseo: aquello no pronunciado es velo sin cierre de parpadeos sobre
nuestras espaldas. Recae la verdad sobre las piedras. La mancha no agota su esplendor en el tiempo. El nudo de los meses y años hace de sus límites el marco perfecto de los recuerdos.
Insistencia de muerte. Nada calla bajo los efectos del sueño. Cada noche el recuerdo de aquel invierno induce bajo la nuca su primera tentativa de estancia. Y el fresno cabizbajo serpea sus altas hojas: indica en su verde oleaje la tragedia de tu nombre. Insistencia.
Nada quedará cuando el invierno haya vuelto. El agua nunca pierde su cauce. Ni su rigor.


Atrás quedan los restos de la esperanza —hoy muerta— que amparaban en la letra una salida antes del descenso y la decepción. En este momento sólo resta extender las manos y esperar el cuchillo. Filo tras filo alcanzaré la vista.



No me distraigo sobre el tiempo. Hay un suceso desenvuelto minuto a minuto. Hay una muerte acechando, valerosamente. No me distraigo. Acontezco como lo sucedido, como algo que no termina de suceder, algo consumido verticalmente. Como la lluvia que, en su perpetuarse, se diluye. Soy muerte que levita en su acontecer.



Rememoro. Los días y las noches, los asaltos de fiebre. La sed. El tiempo derruido y la agonía de sangre. El pasmo es lo único. Resta la paz y el tiento. Rememoro. No hay escrúpulos por el fastidio. El mundo vive bajo un velo de falsa ceguera: no se mira lo que está justo enfrente porque sería el declive. El comienzo del declive.
Suturamos cada herida para no compadecernos más de la falsedad. Rigen los platillos, los bombos, una celebración singular, un feroz apetito por las tinieblas. No se ve sino la propia y estremecedora ceguera. La lámpara ha sido abandonada en el traspatio de la fe. Rememoro.
Queda la luz de los sueños, y cada noche hay miles que no sueñan para no estar cerca de la Verdad. La Verdad, el Camino, la Vida. Un destrozo oculta lo que había en ciernes. La locura es el templo de los elegidos. Más el cerco es grande.
Yo defiendo la causa del perímetro. En las fronteras encontraré el hallazgo, el enigma de lo por venir.



Después de la fórmula anunciada se agota el nudo. No hay ecuación precisa para salvar las manos. Éstas se labran su propio pasado y en él caen todas las fuentes de enunciación. La contundencia es un pensamiento filtrado. Punta de lanza y fuerza de voluntad. Las manos arriban a su punto —la hoja— cuando toman gravedad. Peso de hechos y nombres, gramaje supeditado a la fortaleza y debilidad del espíritu. Cuando llegan a ofrendar algo de su peso en la tinta, los temblores del viento y los relámpagos del miedo desparecen.
El peso de la historia es lo que desencadena el deslizamiento de la pluma en la página. Gravedad de tierra y vida pero también gravedad aérea de pensamiento. La conexión de los sentidos con la razón es carga atomizante. Demasiada cabeza destruye la orgánica vitalidad del lenguaje y su perspectiva mayor, demasiada emoción destruye al arte.



Escribir sin la sustancia de los afectos, casi automáticamente como si la cabeza pesara infinitas tardes. No hay peldaño para resarcir la vitalidad abúlica del sentido de la vida contemporánea. Toda vitalidad actual es simulación. NO HAY AFECTOS PORQUE NO HAY RAZÓN PARA TENERLOS. ¿Para qué un abrazo fraternal si, en el fondo, esconde la tragedia de lo pasajero? El instante es el nuevo emperador. Los fragmentos de la memoria se hilvanan para recrear un universo paralelo en el que se busca la felicidad perdida. Y, paradójicamente, es cada instante de los sucesos y los recuerdos lo que da sentido a los días.
El porvenir es un sujeto sin manchas. La cabeza pesa como la noche agotadora de un mal parto. Es en la penumbra de la cueva donde guarece la palabra su explicación final. Ahí, solo ahí. Simulamos los hechos y los afectos. Nos consumimos en un mundo que ha perdido alma en los contornos de la inmediatez. Queda rezagado el consuelo en el olvido. La angustia es una sensación inmediata, impúdica por cierta y cotidiana. Sólo la resistencia de la poesía le quita el peso al miedo.
Entre el jardín de lilas sanguíneas se encuentra el pasaje de los sucesos afectivos. Para palpar a fondo hay que desprenderse de la inmediatez. Evitar en lo posible la rapidez y lo ocasional para asistir a lo profundo humano. Como cuando los abetos guardaban en sus hojas el latido de los sueños. Arriba, en las copas de los árboles imaginarios, la constelación de los afectos vuelve a tener nombre. La angustia, el miedo, la pesadez de las ideas obtusas, toman aquí su sentido de claridad y transparencia.



El aire es la pureza del tiempo: en el vuelo no hay caída sino suspensión. Retengo en las manos una brizna de pensamiento. Una idea que acoge la resistencia a lo efímero. El aire contradice al minutero, disloca su sentencia y horca: en su invisibilidad móvil, permanente, mueren y resucitan los temblores del hombre. El tiempo, un afincado de la muerte.



Hay algo de nupcial entre las ruinas: escombros en asilo, enamorados. Y nada queda más que el lazo aposentado de las nupcias: un arbotante de oídos, una plegaria de dicha que resucita levamientos y aconseja a los contrayentes un silo en que guarecerse. La marcha —sinuosa y cooperativa— procede a hinchar alvéolos, escancia penurias familiares para habitar entre las tejas. Y entre el amor desempolvado hay un instante glacial donde se designa el credo. Todo esponsal es tumba. Y cuna. Y desvelo. Y nitroglicerina.


Vacío: conjunto de silencios en elaboración de una palabra. Toda potencia verbal ansía volver a su origen: el silencio primigenio antes de ser nombrada. En el roce de nombrar hay una brizna de idolatría. Palabras-ídolos sepultadas bajo la finitud de la conciencia. Y es en este trastabillo silábico donde descansa en paz la historia de los hombres.


Hay en el mundo actual un cierto sonido inarticulado y confuso. Es un espolón rostrado que ansía irrumpir por/en cada esquina, atajo o balcón. No es rugido ni alboroto, es la orquestina de la jauría. Es el trotar de los hombres jamelgos. Es el sonido natural de las calles del barrio.



He descubierto el olor a estancia. Un tufillo de infierno recorre los muros de esta casa. Austeridad. Desabrigarse de infinito y guardar silencio ante la taza matutina de café. Desdoblo los empapelados del tiempo, aquí no hay más que añicos de un corazón en pausa. Austero y hondo es el espacio, como el campo de las églogas.
Aliméntame, cúbreme de helechos y parte mi cuerpo en bocados para el vulgo. Quiero ser un despojo de luz para las hienas. No olvides: quema esta casa, repudia sus muros. Luego, entonces, un relámpago acertará en la lengua.



Resistencia. Albergo en cada acto cometido un residuo de rebelión. Escribo anotaciones y pasusas diarias sobre la torpeza del mundo, con ellas me fabrico un caparazón de resguardo contra la vorágine. Resisto e insisto. Pongo en el centro del mundo una mirada disidente. No es en la grieta sino en la hendidura donde reside el pulso de una casa.


El hombre cabal, hombre que a pesar de sí mismo construye un pulso, una arquitectura de vida —manifestación estructural de cómo hacer alma aún al hilo de la fatalidad—, contempla los días desde un resquicio distinto al resto de los hombres. En sus hombros se posa el destino como el aire acariciando la nuca de un condenado a muerte. Este hombre siembra en tierra árida y de ella nacen alisos, brezos y sauces. La música de los misterios de lo púrpura, de los miembros sujetos al cuerpo –armazón de lodo y conjuro— resuena vocálicamente en su frente.
El hombre cabal se marchita bajo la sombra de un árbol de palabras. No se mueve de tierra porque la raíz de su pensamiento es una hoz que le corta el aliento. Y su sed de respiro sólo aquieta afanes mientras escucha de las hojas la última nota del voraz juego de la muerte. Mientras calla el mundo se le descubre.
Su mirada: relámpago del suicida.



La invisible conciencia del residir aplana toda métrica o plano de configuración. Es un claro de violencia contenida donde quien subyace, y propone todo impulso de morada, es el sobreviviente. Es entonces cuando se cae en cuenta: nos hemos dado muerte a lo largo de la historia no por un pedazo de tierra sino por una pulsión, y fantasía, de un espacio mental de propiedad. Un sitio sin configuración geográfica y sí de alcance álmico.



El hombre cabal no dista del enloquecido. Sus manos abrazan montañas y rutas. Ante sí tiene siempre el imperio de lo imperfecto. Sus palabras son lodo y del lodo resucita lo esencial del lenguaje. Enloquecido, ha mesurado tiento y razón para evidenciar la nitidez. Nitidez de estancia y posibilidad de abrevar en los intersticios. No radica la fe en la grieta sino en la hendidura.
El hombre cabal, cada invierno, destruye el piso de su casa.



Siempre me han irritado los futuros posibles. Detesto cada prospectiva que sale del bureau de los nuevos sabios mediáticos. Este instante es mi única providencia. El cigarro que fumo es mi conciencia de muerte. Los días futuros son invisibles, e invencibles. En cada instante se fragua la próxima cena de los gusanos. Esa es mi certeza. Ese mi destino y el tuyo y el de todos. El futuro es un destino sin palabras.



La palabra es un espejo y el espejo es quien nos mira:
¿Quién eres? ¿El signo que se agita en el cristal o el animal sepultado en tierra bajo una lapida sin nombre?