19 de septiembre de 2005

Sobre esa entidad llamada Dios (y después de leer a E. Mounier)

"...decimos se hará si Dios quisiere, no porque Dios tendrá entonces nueva voluntad que no tuvo, sino porque lo que está decretado ab aeterno en su inmutable voluntad, sucederá entonces."
San Agustín, La ciudad de Dios

El principio del monoteísmo es el orden, la regulación. Dios es antropomórfico, creación de la imaginación humana. Necesario para la sobrevivencia, justifica, responde, es padre mediador y, sobre todo, apacigua la incertidumbre. El miedo nace del misterio, de lo no resuelto, de lo imprevisto. Para nombrar esta intencionalidad, este eje en el cual poder sujetarnos, Dios se hizo estructura y símbolo, en él se fusionaron los principios del poder creador y del poder de dirección sobre la vida de sus criaturas, es decir, la humanidad.
El principio de lo divino es la propia liberación del hombre, de su mortalidad. ¿Qué puede ser más satisafactorio que la propia liberación de la carne, del paso del tiempo? Es por ello que el hombre erigió un espirítu, una esencia superior a él, e igualmente cercano (esta creado a su semejanza) para la canalización de una fe de lo inefable.
Ante el destino, su azar, lo precario y las riquezas que ello implica, había que construir una entidad la cual albergará la esperanza de aquello que puede ser cambiado. Si Dios tiene multiples rostros es porque se adecua a la imagen de supervivencia que necesita cualquier sujeto para proseguir en la vía tortuosa de la vida. Un medio que apacigue los miedos y la incertidumbre es necesario para contrarrestarlos, allí se presenta el nacimiento de un dios capaz de asisitir al desamparado. Y vale recordar: cada hombre es un desamparado.

1 comentario:

Pixie dijo...

Hola Rocío
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raquelromero@hellokitty.com