7 de septiembre de 2005

El cuerpo como escritura



El sentimiento artístico, tan increíblemente cerca está de lo corporal, de su dolor y placer, que ambos fenómenos no son, en rigor, sino diferentes formas de una misma ansia y ventura.
Rainer Maria Rilke


Desde tiempos remotos el hombre se ha subyugado ante su propia fisonomía. El cuerpo es emblema milagroso de vida. Es el espacio que nos dicta la salvaguarda de la propia existencia: el dolor que padecemos es un recordatorio de que seguimos vivos, que la muerte —somática y álmica— aún no nos atrapa. La historia recoge ritos antropofágicos, como en los aztecas, en los que, después de sacrificar a la víctima, el cuerpo era arrojado desde lo alto del templo hacia la muchedumbre para que ésta cortara algunos pedazos de carne. Semejante, en su sentido, a la comunión cristiana, los aztecas parecería creyeron en una especie de extrapolación de fuerzas: al comer un pedazo del sacrificado se consumaba el rito, los dioses se hacían carne en la carne de los fervientes. El cuerpo, así, se convertía en una manifestación de poder, de bendición.

Comienzo contando esto porque hoy, en plena decadencia de la posmodernidad y en auge del hedonismo, seguimos haciendo sacrificios, ahora no con los cuerpos ajenos sino con el propio. La dictadura estética imperante en las fisonomías de las personas los ha llevado a alejarse de lo que, probablemente, es su naturaleza anatómica. En la actualidad, los cuerpos se encuentran sitiados por la falta de volúmenes, pocas curvas y figuras estilizadas más allá de una proporción razonable. El cambio en la percepción del cuerpo tiene, de igual manera, su reflejo en las artes. Así, la mayoría de los desnudos de la pintura contemporánea global (con excepciones claro está como el talentosísimo Lucian Freud, quien exalta las imperfecciones y desgracias de los cuerpos y, en el orden nacional, el pintor Daniel Lezama, quien pone de manifiesto las curvaturas de la “familia mexicana”) nos remiten a cuerpos delgados, estilizados, magros.

En la escritura, la situación ha derivado en cuantiosos estudios sobre nuestra dimensión carnal (recordemos el ensayo de Francisco González Cursi “Mors repentina. Ensayos sobre la grandeza y miseria del cuerpo humano”, autor que ha recorrido a través del ensayo las aristas, coyunturas y dislocaciones de ser cuerpo y padecerlo o el estupendo paseo por los sentidos de Diane Ackerman en “Una historia natural de los sentidos”), en los que encontramos disertaciones varias que oscilan entre el cuestionamiento simplemente biológico del proceso vida-muerte, las enfermedades o las distintas manifestaciones somáticas que existen en ciertos sujetos que, ante una crisis psíquica, su cuerpo comienza a detonar un orden de cambios y síntomas. Pero los escritores y artistas ven y van más allá, las múltiples manifestaciones de lo corpóreo: languidecimiento, brutalidad, sensualidad, postración, sólo por citar algunas, dan pie a la transposición de palabras e imágenes a un resultado que es en realidad de un ámbito mayormente cercano a un gesto, a un movimiento. Nos reconocemos en el otro por una manifestación espejo, es decir, en las posibilidades del cuerpo ajeno, ante nuestra mirada asombrada por los aspectos de la fealdad, la belleza o la diferencia, encontramos una símil esencia, la humana derrota que significa la muerte. De esta manera, los límites entre uno y otro se ven reducidos al espacio existente entre la página y el lector o entre una pieza de arte y el espectador. La capacidad del autor de descubrir en el cuerpo del otro sus propios deseos, miedos y desesperación, y al traducirlo a su obra, permite sean difuminadas las fronteras.

Al hablar del cuerpo y sus sentidos, se nos es revelada una memoria privada que se expande hasta hacerse colectiva. Si en tiempos ancestrales el cuerpo era fundamental para los ritos, como medio, herramienta y objeto de sacrificio, en nuestros días el cuerpo sigue manteniendo dicha disposición: nuestros cuerpos son todo el tiempo trastocados por el contexto estético, somático y de las enfermedades que nos aquejan. El cuerpo es, entonces, un espacio que permite no sólo el encuentro de afirmaciones y cambios sino de actitudes sociales que hacen de éste un espacio de reinvención, basta mirar alrededor y ver la cantidad de individuos con cirugías plásticas. El creador atento sabe que, al apropiarse de los cuerpos ajenos, realiza un ejercicio de suplantamiento: en la obra quedarán los rastros de una piel que se presenta como lienzo o página cargados de una geografía multiemocional más que fisiológica.

Escribir el cuerpo es encontrarse igualmente con la habitación primera (ahora comprendo mi cuerpo porque es casa construida de palabras...), es confrontarse con uno mismo y con el otro, con las debilidades que eso conlleva. Fortaleza y vulnerabilidad en estado seminal. Al hablar del cuerpo se tocan el deseo, la sexualidad, el horror, el deceso. El principio de cualquier civilización es el deseo, el deseo de conocimiento. Así, el erotismo, parte inherente de la condición humana, es un campo de libertad desde el cual varias plumas nos han lanzado sus prodigiosas flechas (sólo por citar a un autor recordemos a Raymond Radiguet con su novela “El diablo en el cuerpo”). Hay una poética de los sentidos en la que todos nos vemos insertos, por ello arte y carnalidad son compañeros indisolubles. Se unen para hablar de verdades íntimas, humanas.

La literatura y el arte son, en principio, aproximación, inclusión de una particularidad a un todo. La antropofagia persiste, ahora nos apoderamos de los cuerpos de los otros para seguir desmenuzando, en un rito abstracto y carnal a la vez, los horrores y la grandeza de la piel. Cuando Proust decidió, más allá de la enfermedad, postrarse durante años en su cama, sabía que las posibilidades de ver el mundo y sus habitantes desde ese rincón era una gracia inconseguible de cualquier otra manera. Supo que, para disertar sobre la condición humana, y sus cuerpos-personas, tenía que inflingirse a sí mismo la desgracia provechosa de aquietar su propio cuerpo. Entre sábanas y sudores, descubrió el sentido vulnerable de tragarse a sí para ahondar en lo Otro.

1 comentario:

Malayo dijo...

Hola Rocío. A propósito del cuerpo y la escritura, ahora está la posibilidad de apoyar la campaña mediática de Los Muebles (es mi grupo de música) escribiendo sobre el cuerpo. En http://malasya.blogspot.com/ están la bases más la foto de una chica que colaboró. Si puedes ayudarme sería genial.