3 de octubre de 2005

Poesía y tiempo*

Tiempo y espacio no existen separadamente: no hay espacio sin tiempo ni tiempo sin espacio. La palabra instaura una espacialidad y una temporalidad. Un poema es un sistema cerrado de relaciones de espacio, tiempo y lenguaje. Sin la exposición temporoespacial no existiría el pensamiento abstracto. Cada poema es parte de un gran y complejo poema, donde cada uno de éstos es eslabón de un inmenso discurso poético en tránsito. Esta transitoriedad, indisociable del hombre, tiene como espejo la experiencia de la poesía.

Si cada poema es un sistema cerrado de relaciones, el ordenamiento interno de un poema crea un ensamblaje verbal en el que se suceden diversas experiencias: intelectual, sensorial, afectiva, espacial, temporal. Y habría que recordar que la identidad del poeta —como el de todos los hombres— se define también con relación a un posicionamiento que interactúa con una geografía, espacio social y educación sentimental definidos. El poeta también responde a la fugacidad del tiempo: es en él en donde se da una resistencia, ciertas imágenes arrebatadas a lo fugaz y a la vertiginosidad del instante. Aquí se conforma una nueva naturaleza, poesía y mito crean una imago que es realidad activa y permanente de lo que se creía imposible.

El poema encarna un suceso de la historia. Lezama Lima, poeta cubano y universal de grandes alturas, establece este hecho de manera fulminante y nos dice “...el hombre es un ser para la muerte. ¿Y el poeta? Es el ser que crea la nueva causalidad de la resurrección.” Resurrección que tiene que ver con la palabra y su poder de establecer universos: el poeta rescata al mundo de la angustia, genera un sentido y una vía para acceder a la sustancia poética que crea una huella, una certeza de establecimiento, un sitio en el que el tiempo, es tiempo revolvente, tiempo sitiado en sí mismo.

El poeta anda por la nebulosa de los instantes fugaces, entre el abismo y la oscuridad, entre cima y sima, resiste ante los embates de la lógica lineal de lo temporal para arriesgarse y ganar sentido, para dejar un signo para los otros. Todo porque el poeta, como cualquier otro creador, se resiste a la muerte.

Poesía y tiempo son entidades permanentemente conjugadas, si el ritmo es el ordenamiento del movimiento es, en la vida misma, donde transcurre el tiempo manifestado. Así, el latido del corazón, la respiración o el propio caminar del hombre nos revelan una constante de ritmo espontáneo y vital. Poesía es movimiento. La materia no existe sin el movimiento ni el movimiento sin la materia. Cada poema deviene movimiento, relación de equilibrios y desequilibrios verbales producidos por la fuerza actuante de la palabra. Por ello cada poema es una entidad verbal cargada de conciencia del espacio y del tiempo, su ritmo interno crea un vínculo indisoluble entre la materia (el lenguaje) y el espíritu. Por tanto cada poema se vuelve un espacio habitable, un lugar de encuentro entre el creador y su posible lector donde se abre un lazo flexible y directo de empatía de lo vivido, de la memoria colectiva, de una afectividad compartida.

Cada poema potencia un decir que tiene eco en el otro, en el escucha, en el lector. Y el ritmo, la cadencia vital de cada poema, entabla una relación. Esto no sería posible sin el previo conocimiento del poeta del tiempo, el espacio y el suceso verbal que se quiere dar en el poema. Entonces, ¿es el movimiento consciente o no en el poeta? La llamada “respiración” natural del poeta, o el ritmo personal, es algo que se cree dado, sin embargo, el poeta conoce ciertos movimientos adecuados a la técnica o la retórica que le permiten un ritmo particular que le es más afín. Por ello hay autores que sólo se sienten cómodos dentro de formas como el soneto o el verso endecasílabo, en otros casos al poeta se le da una respiración y/o ritmo de movimiento más libre. En cualquiera de los casos, el poeta intuye que el vigor espiritual de su ritmo dependerá de su actitud frente a la vida. Así, hay poetas que parten de una contención y economía verbales, dando como resultado poemas de lentitud, de concentrada contemplación. En otros, la capacidad de movimiento se lleva hasta la exaltación, a una poesía que se deja trasminar por la vertiginosidad del mundo, en ellos hay una apuesta por una rápida y contundente resolución.

La ejecución del poema está asociada al carácter psicológico del autor, y en ella, como en el poema mismo, el ritmo es reflejo de un arte del tiempo. Hay en la página, en el suceso sígnico y verbal del poema, una trascendencia de espacio y tiempo expresada en el poema de manera que conciencia, experiencia instintiva, afectividad e intelecto se aúnan para hacernos partícipes de un universo particular sin fecha de nacimiento ni caducidad. Es en el gran poema (más allá del cálculo métrico de los versos y su intelectualidad) donde nos vemos rebasados por su ser atemporal, por su espíritu que logra trascender la tiranía de lo inmediato para expresar nociones de la condición humana y de lo profundo humano. Si el tiempo y su transcurso son irreversibles, el poema procura al hombre escapar a la implacabilidad del minutero.

Cada ser humano tiene una participación activa, inconsciente, en el tiempo. El poeta incide en el poema por una incitación profunda y secreta de la voluntad que lo arroja hacia el decir en el poema. Su tiempo, tiempo viviente y ontológico, le procura un habla fuera del dominio de los meros fenómenos de la vida. Los distintos estados afectivos influyen en su conciencia y su relación con el transcurso del tiempo. Tiempo subjetivo y de variabilidad, es quizá este tipo de “tiempo” el que más influye en la escritura poética. Tiempo afectivo que se apodera del alma del poeta y conjuga su influencia con la palabra para dar poemas donde se pierde la conciencia del tiempo, como en los poetas místicos.

El poema y su duración encierran y engendran un nuevo sentido del tiempo y el espacio. La relatividad, núcleo esencial del arte, enraiza en el poema. El poema no está en el tiempo, pero el tiempo está en la poesía. Un tiempo, paradójicamente, atemporal, sin principio ni fin. Es por ello, insisto, que el poeta responde a la fugacidad del tiempo: es en él, en su escritura, en donde se da una resistencia a lo fugaz y a lo inmediato del instante.

En el verso reside a la vez el alma y la vida de todo poema. Ahí el dominio de la ejecución formal y de la potencia del lenguaje crea regularidad, traducida ésta como condensación, intensidad y sentido. El poema une realidad, concepción del mundo, espacio y acto. El poema concreta en verbo espacio y tiempo, tensión rítmica y sentido de mirada. El ritmo es temporal, la palabra es intensidad que incide en el espacio y por la plasticidad del lenguaje se vuelve materia. Materia verbal que transfigura. Punto de apoyo que mueve al mundo (Arquímedes). Y para cerrar esta breve reflexión citaré un poema del poeta uruguayo, afincado en México, Eduardo Milán, de su último libro Unas palabras sobre el tema, que apunta sobre el tiempo que necesita el ejercicio poético:

Tiempo precisa el poema,
precisa un tiempo especial
y tiempo es lo que no hay.
El contratiempo lo ronda,
le da vuelta alrededor, le danza
esa demanda de agua antigua, primordial,
de sacarlo de lugar hacia aquel
acto de gracia inexacto, sin recuerdo
—funesta era la señal
de un levantar de pájaros, súbito
delante de un paso pausado.
El destiempo también, ese temor
de estar en calma, parado como mar,
como cielo de igual modo, tenso
enrojecimiento, no hay brisa, ningún pájaro,
ese momento sin par. Llámenme Ismael.
Tiempo es lo que precisa, no hay,
se ve obligado a madurar entonces,
entretanto cae como un níspero, no espera.


*Texto leído en la Colección Jumex como parte de las reflexiones sobre el tiempo y distintas disciplinas artísticas y la obra del artista japonés On Kawara.

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