!Salud!


Si los viajes ilustran, los encuentros de escritores más: ahí es donde verdaderamente se saca a relucir la verdadera naturaleza de uno y de donde sacamos material literario para "no ficcionar y sí mentir dado que la realidad nos sobrepasa" (mezcla de conceptos del messie Oliva y Groucho Robles). Sobre todo, después de vino, chelas, tequila y brandy Torres X. Este texto va para los amigos de las habitaciones 403 y 104 del hotel La Soledad (Morelia, México) que logró que el ensayo de la vida sea el mejor texto que se escribió en todos esos días dedicados al multicitado francés Montaigne y a sus remedos. Ah, y también va dedicado para los compas chilenos como los Carrascos, Germán y Julio y pa los compas argentinos Cucurto y Di Napoli, quienes también forman parte de la educación sentimental (de encuentro en encuentro, uno termina desencontrándose y volviéndose a encontrar...) de quien esto suscribe.


Frente a un viaje agotador de varias horas, guardo el ritual de brindar con el cielo. Mientras discurro en la forma de las nubes desde la ventanilla, alzo la copa. Cada nube es un trazo casi japonés (una constelación de dibujantes prepara sus brochas y carbones cada mañana). Yo soy de cada cielo, porque uno no es del país en el que se ha nacido sino donde se pierde, y se deja, la mirada. He descubierto en el perfil de las nubes la fragilidad. La fragilidad y la impotencia del cuerpo que, atado por un cinturón, encapsulado en un avión, sin posibilidad de ser Ícaro, adviene melancolía. En el aire todos somos náufragos.

Soy un extraño extranjero: he volado tantas horas que me reclaman tanto los Pirineos como la cordillera de la Sierra Madre. Y no le pertenezco a ninguno. Entre esta mano que escribe y la mirada que descansa en aquella cima montañosa, agoto mi lazo a tierra. Desde el aire se dibujan los rostros de ciudades, carreteras, lagos, autos. Ahora aquello, abajo, no es más que suma: trazos ágiles y precisos, humanos. El cielo es otro asunto. En sus imprecisos dibujos hay un mundo. Suspendido entre vuelos anímicos y oníricos me despojo de mi vestimenta citadina para enmudecer ante la soltura del viento.

En este cielo no hay nacionalidad posible. La ventanilla del avión es un puente que abre al universo y permite acceder hacia un mundo horizontal (sin jerarquías humanas) en una mirada a vuelo de pájaro. Aquí es posible imaginar, en la lectura celeste, el paraíso: un espacio de levedad aérea donde no hay más que música de vientos (no el horror del claxón en las horas de tráfico), donde viven todas las formas posibles (cada nube tiene vida propia), donde uno, a pesar del cinturón que ata al mundo humano, viaja con la mirada por cada contorno y cuerpo, por cada resquicio del cielo que nos es permitido mirar desde esta breve ventana.

Lo sobrenatural de la mirada es cuando se olvida que está pegada a un cuerpo y se desprende para echarse en vuelo hacia lo alto, cuando aprende del horizonte su libertad de expansión, cuando entre las nubes encuentra el follaje resplandeciente de un sauce, cuando las nubes son frutos y las notas florales-vocales del viento del norte forman la vieja canción de cuna de la infancia. Cuando pasa todo esto, y la felicidad acude, se ha llegado a casa.

Entonces alzo mi copa de nuevo y brindo porque en esta esquina de cielo viven todos mis recuerdos.

Comentarios

Rocío Cerón dijo…
DEL CORREO:
Ceron,
me reconforta saber que existe alguien mas que ve en el cielo parte de su vida cotidiana. Levantar la cabeza y mirar al vacio y llenarlo de color.

Imaginarias arquitecturas de aire?

Yo, todo el tiempo, reinita.
te quiere
el naufrago