Cd. Méx. Locación: Centro histórico. Notas de una paseante

Anclado a cada corazón de los habitantes de ciudad de México, el Centro Histórico de la ciudad ha pasado por muchas edades, trazas y horizontes. Ha mantenido, eso sí, una cierta majestuosidad gracias a los edificios que lo pueblan, como la Catedral Metropolitana, el Palacio de las Vizcaínas o el Palacio de Bellas Artes. Sin embargo, detrás de esas fachadas hay un caos. El Centro, como ya su nombre lo anuncia, conjuga a todo tipo de habitantes: el merolico incansable que vende pomadas hechas con extracto de serpiente para quitar la diabetes, los concheros que bailan al son del tam-tam de los tambores en honor a los viejos dioses aztecas (y que piden a las deidades por un mejor destino, un mejor país), los miles de vendedores ambulantes con sus puestos de plástico de colores chillones (rosas, azules, amarillos) con cualquier tipo de mercadería (casi en un 100% Made in China), los turistas, los perdidos, los trabajadores del estado, los borrachos que transitan de cantina en cantina (las hay que abren desde las ocho de la mañana), los fervorosos que pasan a la misa de 7 de la mañana, de 12 del día, de 6 de la tarde o los que pasan en vela la noche rezando (devotos de la Luz Perpetua), los jóvenes dark que buscan un último Cd pirata de sus ídolos, las madres que buscan útiles, uniformes, el libro que les pidió el maestro a los chavales y que vienen al Centro porque, según leyenda popular, aquí todo es más barato, aquí se encuentra de todo, aquí estamos todos, aquí nos miramos los unos a los otros y nos reconocemos en nuestro más profundo espíritu chilango. Porque el Centro es cada vez más el primer y único lugar donde ricos, pobres y clasemedieros se reúnen.
Desde el famoso restaurante El Cardenal -sólo para ricos abultados- la clase política, de izquierda y de derecha, los empresarios, los artistas y algunos intelectuales miran hacia la calle y hacia la Alameda: manifestantes, marchas (el pan de cada día en el Centro), pancartas, alegran la comida (rociada por espumosos vinos y tintos riojanos). Mientras tanto, afuera, el remolino de gente protesta porque la piña ha caído de precio, antes les compraban el kilo a 1 peso, ahora a irrisorios 70 centavos… Pero no todo es tragedia, en lo más profundo del mexicano hasta lo más terrible se llora y se ríe, se le canta, se le adereza con humor. Por eso no es extraño ver, entre los rincones del Centro y en las cantinas de los barrios, múltiples tríos, guitarristas, solistas, organilleros y, desde luego, mariachis que, aposentados en una de las esquinas más transitadas, Eje Central y Madero, se avientan cual suicidas hacia los automóviles para convencer al estimado publico que su madrecita, su novia, amante, jefe o enemigo merece una canción, aunque sea vía teléfono celular. Aquí todo es posible.
Y aunque el Centro siempre ha sido así, un gobierno abierto, e inteligente (el de Andrés Manuel López Obrador), supo que había que darle una manita de gato, hacerlo lucir de nuevo como si fuese joya arquitectónica (que lo es), lugar de esparcimiento familiar (que lo era y dejó de serlo por la violencia y los asaltos), espacio cultural y bohemio, trendy, artístico y hasta fashion (que no era totalmente pero que hoy sí lo es). Para ello, conjuntáronse fuerzas privadas, la mano que mece la cuna de Don Carlos Slim y agregados con una abierta política gubernamental, donde se dieron la mano la inversión privada y la pública, con alta rentabilidad para la privada, claro está. La realidad es que, en efecto, el Centro se volvió hogar de grandes e imponentes hoteles, de restaurantes de diseño, de galerías de artistas conceptuales (hasta residencias de artistas hay subvencionadas por la Fundación del Centro Histórico, mano juvenil de messie Slim, a quien todo debemos y a quien le debemos hasta la sonrisa…), nuevos aires llegaron a museos que estaban casi en el abandono. Sin embargo, tanta felicidad se ha visto empañada por una realidad que había sido pasada a dos o tres cuadritas atrás, allá, a lo lejos, donde la cámara del turista, donde el ojo del defeñito, no llegan. Y todo eso, que sólo recorrió unas cuantas calles, existe, y son los pobres, los vendedores ambulantes, los edificios que están en ruinas (ahora un hermoso loft en el Centro Histórico en el área “limpia” puede costar entre 200,000 y 400,000 dólares…), es el México bronco en su máxima expresión, y es también nuestra tradición, cultura, nuestra gente, que le da la espalda a una pretendida modernidad que no los ha considerado.
El Centro Histórico de la Ciudad de México vive de un mito, el que sus habitantes le han creado. Ningún provinciano o turista debe dejar la ciudad sin haber pisado el Zócalo. Desde ahí se “siente” lo que es, y simboliza, la ciudad de México. Sus hordas, gritería, su suciedad y limpieza, su mixtura humana, el enjambre de ida y venida, todo refiere a la vitalidad de un hormiguero. Un centro esquizofrénico pero añorable. Como esa imagen, que nunca olvidaré, de una fila de hombres, mujeres y niños, hincados al pie del Cristo Negro (en plena Catedral), devotamente rezando y donde cada uno, pobre, rico, indígena, se postraban ante la fe. Así, los habitantes de esta ciudad de México guardan su fe, y la manifiestan, en la devoción por su Centro. Arrodillados, postrados, todos nos sentimos arrobados por ese espacio que, aún ante los terremotos, se yergue desafiando toda probabilidad de salvación.

Comentarios

Diana dijo…
Aunque no soy chilanga, gracias por ayudar rememorar los olores, las tonalidades y los absurdos de la gran capital de México. Caí de pura casualidad en tu blog y me enganchó la propuesta estética en que estas envuelta. Un respiro a la almibarada poesía de antaño.