17 de abril de 2006

Quelques fleurs-Houbigant Paris

Los rastros. Primero somos lo que dejamos, la estela de nuestro olor, la irradiación de nuestro personaje en tránsito. Ya Miguel Hernández decía que “El sudor es un árbol desbordante y salado,/ un voraz oleaje.”, una onda de resonancia que nos perpetúa en la memoria olfática y emocional del otro. Transpiramos para regular el calor del cuerpo, cinco millones de glándulas sudoríparas, junto con la pigmentación de la piel y la alimentación, generan el sello particular de nuestro olor personal. Y esto, junto al perfume que usamos, son una declaración de vida y estancia. Las axilas son, junto con manos y pies, el centro del goce o la desgracia. Me explico, un olor carnal, intenso, de índole sanguíneo —pesadez y etérea presencia conjugadas— traerá consigo una ansia orgánica, un deseo por estar ceca de tan sugerente olor. Por otro lado, los olores nauseabundos, fétidos o la falta de un perfume corporal con personalidad darán como resultado la apatía de los otros. Las coordenadas de la atracción yacen en los ojos y la nariz en principio. Así como los senos de una mujer o las manos de un hombre pueden ser el detonante del arrejuntamiento amoroso, los humores despedidos por el/la de enfrente suben —imperiosos— por las fosas nasales para desbordarnos el estímulo sexual. Olor es destino.

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