26 de junio de 2006

Y sigue la mata dando, la Agencia de Poemas para Toda Ocasión va con bríos

http://www.nuevoexcelsior.com.mx, buscar nota en sección comunidad de hoy lunes 26 de junio sobre poemas a domicilio...escrito por Mariana H.
Una vez más, la agencia solicita poetas experimentados y potentes ante la demanda de poemas. Escríbenos a poemas_baras@yahoo.com.mx

22 de junio de 2006

Celebración palmípeda*



A mi estómago poco le importa la inmortalidad.
Heinrich Heine

El deleite de hervir en cuerpo propio
y desnudar la lengua
A los favores del fogón y sus alientos
Para asistir a la impronta del milagro
Y ser testigo de la divinidad recóndita
Guardada en el ceño de la comisura.

Afinca la gloria en el paladar y el olfato:
Los misterios gnósticos, órficos,
Distan de ser razón y cumplimiento
Tiento acaso de la verdad última por acercarse al paraíso.

Frente a mí los delantales han volado
Lloro de tristeza cual galgo amputado de su orgullo
Por hincarle el diente sin letargo ni andadura
A este pedazo de cielo que se vierte entre mi plato.
Oh corazón fallido el amor no es placer alguno
Sino alcancía vacua y deshuesadero de nostalgias.

Yo me levanto y brindo por el hallazgo
de este Pato a la Frambuesa]
Que Ovidio hubiera muerto y remuerto
de haber probado en ocasión alguna.]


* Poema publicado en Letras Libres y que parece ha abierto el apetito de varios. P.D. El pato del que hablo sí existe, nomás que en la suculenta mesa de un restaurante parisino...

13 de junio de 2006

El hombre pulverizado (notas sobre habitar en ciudad de México)

I
La ciudad es suma, absorción mundana de voces y creencias, diálogo y, paradójicamente, es la posibilidad del desmenuzamiento, de la herida y del no-ser, del silencio. Uno puede estar dentro de una ciudad sin implicarse en ella. Las ciudades se abren o no a quienes las visitan o las viven. Las ciudades envuelven o despojan, permiten cohabitar o arrinconan. La ciudad de México es una ciudad embudo, casi nadie puede salirse permanentemente de ella. Una vez que se es afecto a su caos, a su monstruosidad, a su violencia, uno se deja mecer por su sosegada convulsión cotidiana.
Luego viene el desencanto, la pulverización. Cuando el centro se mueve de lugar desaparece de los ojos del espectador, los otros se salen de cuadro y lo que era tangible se vuelve soluble. Las grandes urbes han hecho desaparecer las colectividades para dar paso a una esfera de individualidades. Hoy se indaga más sobre el contexto desde los espacios finitos (la casa, la celda) que desde la muchedumbre (la plaza, los espacios públicos). El artista ha retornado a la orfandad, ha vuelto al comienzo. Dado que ya no existe un canon único su poder yace en su capacidad de individualizarse y al mismo tiempo de crear nuevos mapas para caminos que deberán ser construidos desde una óptica revitalizada. La ciudad, mientras tanto, está eclipsada.
Si la ciudad condena al desencanto, el autor -ya sin centro, con una escritura que surge del polvo- es un solitario que se mueve entre grietas, que encuentra vida y movimiento en lo inhabitable -los escombros- para desde ahí encontrar memoria de lo sido y capacidad de mirada para lo que es. Como toda verdad, es decir, antinómica, es desde la posibilidad de lo destruido y de la negación desde donde el creador genera reconciliación y crea un nuevo pensamiento, un nuevo orden que tiene como basa su propia angustia y desesperación. Ante la inminencia del mal y la violencia, la ciudad propicia al individuo a sumergirse en una conciencia trágica. En este sentido, la ciudad de México es como la pintura de Francisco de Goya y Lucientes, Saturno, donde el dios devora a uno de sus hijos. Pero hay que recordar que esos hijos no mueren, son tragados y en las entrañas gestan el principio del orden que surgirá.

II
Escribir desde la ciudad, en la ciudad, habitándola, escondiéndose en ella o explorándola. Escribir poemas que no hablan de ella pero que, sin embargo, están cargados de su complejidad. Derramarse en sus calles pero evitando llegar a sus lindes. Estar en quietud ante su realidad envertigada (bien decía Kierkegaard “Reaccionar en la angustia o ante ella es el infierno”). Habitar sus fabulaciones, su cerco, su acantilado y su fosa común. Estar encadenado a su jardín, a sus leones, a su voracidad. Agradeciendo siempre sus cortes, su humana intimidad con los despojados (que somos todos), su estilete oficiando sobre la cabeza.

III
La ciudad de México está construida por una multiplicidad de atmósferas (que se traducen en música, gestos e imágenes) en ocasiones contrapuestas, en otras más casi surrealistas. Tal dimensión polifónica puede derivar en una postura de toma de distancia. Es tan insaciable, grande e inacabable que, ante su maremagnum –y sobre todo ante la falta de encontrar el centro en sus intrincadas raíces-, el autor se sumerge en sí. La norma es la distancia sobre el otro. La ciudad es un frente de batalla donde la herida es destinal. Los otros son un surco peligroso en el cual adentrarse.
La mirada ya no se coloca sobre sus estructuras, edificios o la relación entre ella y uno mismo, ahora la mirada se ha volcado sobre sus entrañas: la ciudad es dimensionada en su interlineado, en las relaciones que produce o induce entre los sujetos que la habitan. Es en el entramado de su mecanismo donde nos vemos. Así como el poema es un ente orgánico en donde la fricción entre sus goznes o partes es lo que lo hace permanecer vital, latente, así la ciudad nos otorga dimensión para escucharnos y mirarnos. En el poema resuenan los ritmos y la materia de la ciudad aunque no se hable de ella. El poeta lo sabe, la ciudad despierta en sus habitantes su propia capacidad de decir. Por ello, en la amalgama del poema también radican los estratos álmicos de los pobladores de la urbe, porque el escritor es un escucha y sabe asirse al diálogo silencioso de la ciudad y sus habitantes así como al misceláneo canto de los sobrevivientes. La ciudad de México es la perfecta perspectiva de un lugar en dilatación continúa, será por ello que algunos autores en su búsqueda de pausa (y con el sadomasoquista deseo de ser el funámbulo que cae de la cuerda) hacen de esta ciudad su frasco de conserva.

9 de junio de 2006

Tomado del diario de viaje (Amsterdam, 03)

La mirada debe dispersarse, debe ir y venir a su antojo pero cuando llegue el “motivo” debe afrontar su responsabilidad de mirar en lo profundo. Mirar sólo a vuelo de pájaro cuando se ha encontrado el motivo-objeto del deseo es causa de ceguera.
*
El exceso en el ejercicio de la mirada hace que todo se pierda en la nebulosa de las formas. Para ver –trascender dentro de la obra misma– hay que aprender discreción, mirar a discreción. Como siempre, el exceso, hasta en el mirar, mata.
*
Habrá que formar un nuevo registro con los deshechos. El gesto, ese ser breve y violento, nunca es realmente el mismo.
*
Nada ha muerto más que el tiempo. Esos segundos que florecieron ya han escapado, como el río. La memoria guarda lo impecable, la fugacidad de la belleza, lo entrañable.

Para aquellos viajeros que deleitan su vida en el recorrido y no en el destino final.

4 de junio de 2006

Sobre Kubla Khan de Julián Herbert

Los filósofos dicen que el hombre se forma a sí mismo en el diálogo. Sin embargo, la vida contemporánea se presenta como un gran mosaico o conjunto de nodos dispersos, discursos que se emiten desde la marginalidad, o el centro mismo de la institucionalidad, donde el verdadero diálogo –que siempre parte de nuevos habitares, fuera del cerco de la institución- se hace en las redes de comunicación de unos cuantos. Dentro de estos diálogos, entre el masivo flujo mediático y la desmemoria, hay quienes abren cancha desde agujeros estructurales, espacios particulares dentro de las redes o fugas que mapean las relaciones de fuerza entre el pasado histórico y el mundo actual y crean impasses generadores de cartografías alternas. Diálogo que se hace, entonces, sostenido.

Kubla Khan de Julián Herbert es un libro que traza un mapa con conexiones entre distintos campos. Poemas que pueden ser un graffiti en el muro, una obra de arte, una acción política o una meditación. Escritura de territorio donde la contemporaneidad vertiginosa, el zapping y el desfase se dan la mano con paternidades culturales e históricas de abolengo. Donde la cultura Pop, Turner, el I Ching, Gengis Khan y Marco Polo se reúnen en un festejo lujurioso, etílico y alucinógeno convocados por Herbert. Kubla Khan es una sinfonía de alta densidad en la cual el teatro del mundo es un poema poliéster, un poema de alcohol y vasos vacíos, un poema acopio de programas de Tv y playas radioactivas: un poema de banda ancha creado por fragmentos de información, memoria, referentes culturales, experiencia personal, ironía y riesgo. Riesgo de palpar, ensuciarse, enfebrecerse con la velocidad del hoy parra arrancarle la inmediatez, la finitud y la frivolidad a un Mc ´Donalds o un Discovery Channel y volverlos una experiencia de gramaje sustentable.

Escuchar, tantear y discutir con el aire de los tiempos no es cosa sencilla. La poesía que surge desde la liviandad del mundo contemporáneo suele ser chistorete, ocurrencia conceptual o mero ejercicio verbal. Julián Herbert, con su Kubla Khan, se presenta como un digno equilibrista, sale airoso de los saltos mortales entre el grunge y la tradición. Su poesía está viva, coleando y atizándonos: juega a hacerse el rey de la fiesta con la multiselección de su I Pod poético y sus lectores caen en trance hipnótico y mezcalero. Poemas droga. Y la palabra Xanadu es el ejemplo perfecto, no sólo es el Xanadu de Coleridge o la canción de su ídolo de juventud, Olivia Newton John, es también un sistema de la red, un espacio de acopio. Como lo es también su libro. Acopio de masacres, épocas y geografías. El poema en la órbita del use and trash pero con la solvencia de un autor que encara a la poesía desde su propia esencia. Así el poeta nos coloca ante la experiencia: “Amanezco en el fulgor provisional de un hotel de cinco estrellas: mirilla ojo de buey, pasillos que son buques forrados de madera. Mi alma está en mi tacto articulada como una máquina de vapor. Muero porque no muero con el control remoto en las manos entrelazadas sobre el pecho. La mañana es un baúl; en el último panel yacen los edificios. Camarones y lápidas. Carbón helado, azul. Una invisible camarista maquilla su semblante en el fondo de este gramo de droga luminosa.”
Kubla Khan, se inscribe, indudablemente, entre la mejor poesía escrita de nuestra generación.