13 de febrero de 2006

Memorias de Praga (por un brindis kafkiano con León P. Ñol)

Londres, París, Lisboa o Praga cuentan con ríos que las dividen, que obligan a sus pobladores a mirarse de una orilla a otra. Praga, atravesada por el río Moldava, es una ciudad donde el río es una gran frontera de agua. Después de cruzar el puente de Carlos, rumbo al Castillo y la Catedral de San Vito —donde habitan más de una treintena de conjuntos escultóricos como la famosa escultura de San Juan Nepomuceno— miré hacia el otro lado: el antiguo barrio judío de Josefov y la Staré Mesto o ciudad vieja, se quedaban atrás no sólo en la distancia sino en su arquitectura, en la temperatura de sus barrios y habitantes. Porque Praga es, quizá sea esa su magia y fuerza, una urbe donde los contrastes de sus formas y habitantes son sólidos, notorios.

Imaginé a un Kafka joven, pensativo, cruzando el puente en un otoño (la mejor época para venir aquí), regresando a su entrañable barrio judío después de haberse pasado varias horas escribiendo en casa de su hermana en la Calle del Oro, justo atrás del Castillo. ¿Qué vería en esas aguas calmas, melancólicas, que llevan un acento de silencio y grandes notas de historia? El Moldava representa la serenidad y un espacio en blanco ante la opulencia y la fantasía que se vive en toda la ciudad. Dicen que Kafka se sentaba en una banca en la pequeña isla de Kampa a observar el vuelo de las aves y el transcurrir del río. Quiero suponer que encontraba en éste último un auténtico refugio para sus pensamientos.

Dividida por zonas aristocráticas y de clases obreras, Praga, la ciudad madre, la ciudad que alberga a la sinagoga más antigua de Europa central, la ciudad que vio nacer no sólo a Kafka sino al extraordinario poeta Rainer Maria Rilke, la ciudad del Golem, la ciudad de los gatos, hoy día se abre como una urbe donde colindan el ensueño de torres y castillos, de reyes, místicos, escritores y artistas con el despliegue de la modernidad, de hordas de turistas, de música tecno y diseño de vanguardia. Y, ante los embates de lo contemporáneo, el río Moldava sigue impávido, con su música llena de sosiego, apenas con los ojos abiertos para mirar el nuevo destino de la tierra que divide, una Praga contemporánea y vestida de siglo XXI pero con el alma guardada, hibernando en un tiempo antiguo cerca de la princesa Libussa, parada en la roca de Vysehrad, esperando “la gloria que llegará de las estrellas”.

Mientras tanto, los habitantes de Praga mirándose unos a otros desde las dos orillas, junto con Kafka y tantos otros, quizá musiten como Rilke en otro tiempo ¿A dónde, hacia la libertad? ¿A dónde, hacia el sosiego de la propia existencia? ¿A dónde hacia la inocencia, de la que uno no puede prescindir por mucho tiempo?