30 de enero de 2006

Esbozo de ciertas tardes en la playa de la Herradura que nunca pasé con Luis Hernández

La piedra

Recuerdo las mañanas cuando bajo el influjo de la fiebre corrías hacia el acantilado. Parpadeaba la luz sobre tu rostro, apenas un juego de claroscuros donde la definición del gesto aparecía recubierto de brisa y viento. Observabas las olas estrellándose sobre el acantilado, en silencio, devotamente.

Al llegar junto a ti murmurabas “Los hombres son sueño, sólo las rocas comprenden”. Ahora sé de tu amuleto, de esa piedra que habías hallado junto a los brezos. Sé también que la llevabas siempre en el bolsillo izquierdo y que, antes de dormir, la metías debajo de tu almohada. Tu jardín privado, el pequeño rastro de las ranas, decías.

Cuando la fiebre subía y te postraba en cama (sí, cuando escuchabas el azote del viento contra el agua) susurrabas que proas, dunas y caletas asomaban desde las vetas de tu piedra. Entonces la calma se cernía sobre tu rostro, eras continente e ínsula. Vivías entre algas y granito, eras voz del trueno y las colinas, inundación y muérdago. Corpulento de memoria, te erguías en tronco, en mar infinito, en poema.

25 de enero de 2006

Una pregunta, una respuesta

Pregunta de Mónica Nepote:
Demos por hecho, para bien y para mal, que la poesía no quiere existir sola, es decir, en ella están implícita conceptos o búsquedas que también tocan otros lenguajes: imagen visual, música, secuencia (en algunos casos) que son indisolubles al ejercicio poético. En tu experiencia de ese ejercicio poético cómo se entrelazarían dos posibilidades concretas: la poesía con un aspecto visual o en otras palabras a ti como expectadora como testigo de un ejercicio artístico "ajeno" ¿qué te significan las artes visuales cómo poeta?

Respuesta de Cerón:
La relación entre artes visuales y/o otras disciplinas como el arte sonoro y la poesía son, a mi parecer, una cuestión de reflejo, interpretación y, por que no decirlo, comunión. La poesía permite en su esencialidad -que es a la vez lenguaje, creación de universos verbales, plasticidad, musicalidad- un juego de entrecruces con otras disciplinas. La poesía siempre será palabra. Sin embargo, en su dimensión de transminación y aproximación a la música o a las artes visuales se carga, o potencializa, su estructura esencial. La contemporaneidad del mundo pide -demanda- una hibridación de las artes, de las disciplinas, como nuevas formas de creación y de experiencia reflejo de la fragmentación, disolución y recreación de las ideas, de la poesía y del arte en general.

23 de enero de 2006

Venussssssss

El mundo real nunca será tan divertido como el mundo Venus.
Slogan del canal Venus

Comienzo a escribir este texto y mi recién matrimoniado esposo me salta a la yugular preguntándome porque he hecho pública (vaya, le digo, ¡si sólo se lo he dicho a la editora de Complot!....y ahora a ustedes…) nuestra adicción por el canal porno más divertido de la televisión por cable: Venus. Sé que, en el fondo, el sólo hecho de decirlo, y asumirse fan de las emisiones de sexo profundo, bucal, anal, etcétera, le erotiza. El canal 535 de Cablevisión es nuestro eterno retorno del zapping, una demostración de que toda la oferta televisiva es una mierda y que en el 535 siempre encontrarás una nueva posición o un gemido estrafalario que será más trascendente que el History Channel. Por ello los 100 pesitos de costo me parecen una nimiedad si pienso en la relajación corporal que traen las sesiones entre, después y al evocar las imágenes de Venus. ¿Vulgaridad? Ese es un adjetivo sólo para emisiones como Vida Tv o la barra de estupi-novelas del canal de las Estrellas. Lo único que temo, en ocasiones, es que en el reino del zapping alguno de mis hermosos, y de “inocente mente”, sobrino(a) o hijo de mis amistades lleguen a estas bélicas tierras (todo cuerpo entra en combate salival y de fluidos en las lides amorosas) y que se enteren de que siempre habrá una versión más radical y hard core de las Chicas Súperpoderosas. Aviso: Los martes por la noche son gay friendly. Y el bombón sex star del mes es la cachondísima Jeena Jameson, monumento a las tetas más duras de la historia del porno.

18 de enero de 2006

Del mirar y del decir (notas sobre el ensayo contemporáneo en México)

Cuando uno está sujeto a la seducción de lo incisivo, de aquello que agudiza la percepción, el movimiento y lo estático se eclipsan para convertirse en materia prima abierta con escalpelo. El escritor corta, abre, punza y ensaya una promesa y un hecho. Se rastrean las proporciones del pozo para intentar recobrar su esencia. La escritura sobre una obra, sea esta artística o literaria, no es más que un complejo modo de aproximación sobre el suceso experimentado. Una aproximación que, encuentra en la escritura, un modo de apropiación. Apropiación que busca también una conciencia de sí, al devolver en un texto lo que la mirada o el lenguaje dio de sustancia para el espectador o el lector.

Un ejemplo sería escribir un ensayo sobre vinos no sólo basándose en la lectura de un tratado de varietales y las pretendidas características que encontraremos en cada uva (según los expertos) sino en el personal acercamiento y seducción del vino en el paladar del bebedor-escritor. En lugar de decir “potente, cuerpo pleno, tánico, de larga vida” el ensayista apunta y tira: “Este vino musculoso —provocador y revolucionario— despabila las papilas gustativas arrojándolas hacia su propio deseo. Acierta en su estar en la boca gracias a lo que evoca: un primer contacto sensual, la potencia de una lengua que se abre paso en la cavidad bucal, generando esa misteriosa salivación que otorga el gozo.” El autor, entonces, del ensayo, se manifiesta, da existencia a una posibilidad conjeturada desde su propia perspectiva. Es ejercicio de subjetividad, de gustos y disgustos, de juego matemático en lo que se busca es el acercamiento —insisto— incisivo, sobre la cosa.
Un ensayo escrito desde esta perspectiva compartiría con el lector una serie de códigos, digamos de referencia, en casos hasta culteranos que, aunados a su experiencia —que se hace común ya que el escritor surge como persona, como entidad que especula y ensaya y no cómo un especialista (aunque sea experto en su campo de acción)— del sujeto, del Yo sobrepasado por el suceso artístico, establece un punto de encuentro: “de mi experiencia hacia el texto, del texto hacia mi cómplice, el lector”. No a la descripción y sí a la sensación y a la escritura desde la experiencia propia, al ser, vivir, el hecho.

Es importante la eficacia y sentido que abre todo ensayo. ¿Qué función o servicio tiene el que escribe de algo ya establecido, acabado, de una mano ajena al usurpador que pretende mostrar, escarbar el objeto de sus afanes? La distancia entre la creación y su posible deletreador es latente, y en muchos casos, una gran zanja media entre ambos. Lo que el ensayo abre es una incitación hacia el lector de sostener una reflexión, de apertura de observación o de encuentro con los intersticios de un texto u obra de arte. El ensayista dialoga con el lector. Hay, de facto, un cierto carácter conversacional.

Si “El texto es un lenguaje que al usarse se reproduce y se vuelve otro” en palabras de O. Paz, el ensayo es una especulación creativa sobre un hecho creado que, en el caso de un ensayo profundo, es ya obra por sí solo. Los lectores también crean, producen sentido. Suponiendo el hecho de que el ensayo es ya obra por sí mismo, este acercamiento se vuelve un territorio donde no hay tierra firme, todo está por sucederse, y en la lectura de ida y vuelta con el lector, el ensayista otorga también una proyección de su propia personalidad, una dimensión que contribuye a multifacéticos acercamientos con la pieza. El lector “recrea” de otra forma la obra, el ensayo de arte es plena especulación sobre la manifestación artística dada. Cada ensayo dará al lector una posibilidad distinta de acercamiento.

Creo que justamente esa es la gran riqueza de las posibilidades tanto del ensayista como de su posible lector. Ya Taine apuntaba en su Filosofía del arte: “Deja que cada cual tenga libertad para seguir sus particulares predilecciones, a fin de que prefiera lo que es compatible con su temperamento, y estudie con un cuidado muy atento lo que mejor corresponda con sus aptitudes.” Aptitudes y comunión con el objeto narrado, especulado. Cada ensayo es ejercicio del Yo y cada escritor otorga un contexto de experiencia propia, de memoria estética y social, del carácter de aquello que es para devolverlo en una cosa reelaborada y redimensionada por el lenguaje. Por lo tanto, la función del ensayo de arte o de literatura, su reflexión, abre la posibilidad de una nueva mirada sobre lo que tantas veces habíamos creído mirar de cierta manera.

Como los libros fundamentales a los que se vuelve de tanto en tanto, un buen ensayo, se vuelve imprescindible si penetra y se adentra en posibilidades especulativas que encuentran el hallazgo, el fondo mismo de la obra, para iluminarnos con un mapa donde las coordenadas dadas y la geografía anímica, estética y espiritual del artista u obra han sido capturadas abriendo un nuevo pasaje hacia el valor de la obra misma. El ensayista conduce hacia un laberinto en donde cada giro, cada vuelta, es un claro para percibir el estado de las cosas y sus encontradas, exactas, compartidas o antagónicas fabulaciones. Cada ensayo es una fabulación, un fragmento de un complejo juego —siempre desafiante— en donde lo que se descubre es una cierta forma de entender y rehacer el suceso artístico. Ejercicio de ruptura, resistencia y encuentro, el ensayo sobre arte surge como un faro de palabras para ahondar en la indescifrable realidad del artista.

Retomando la función o servicio del ensayo, valdría apuntar las diferencias entre en el ensayo anglosajón, como el de John Berger, más basado en la experiencia, más literario, que el ensayo francés, que parte desde lo ya establecido o argumentativo para desde ahí establecer un código (en este último se parte de citas, de referentes académicos y se genera un tejido de ideologías para crear un discurso). El primero es inductivo, el segundo, deductivo. En México hay una presente y profunda tradición del ensayo francés, retórico y académico, y se sospecha de un ensayo donde la experiencia del individuo es suficiente para demostrar el hecho. Se denosta la especulación de “lo que yo siento frente al mundo”. Sin embargo, el sentido intuitivo del ensayo anglosajón abre una fresca vía hacia el conocimiento de las cosas. Lecturas y experiencia se entrelazan para crear un ensayo donde se rescata el espíritu de los tiempos, se comparte lo leído y vivido con el lector abriendo —insistiré— un espacio común de complicidad.

El ensayo es un ejercicio de complicidad. Por tanto, la función del ensayo actual, propongo, podría ser el de recorrer un camino y abrir una brecha para revelar un discurso significante entre dos cosas que aparentemente no tienen unión entre sí, como relacionar la gastronomía con el placer estético. En ese caso, el ensayo deconstructivo —partículas del decir, aproximaciones desde lo mínimo para llegar a las partes— abre la posibilidad de asumir la “coseidad” última de la pieza de arte o la obra literaria. Es un ejercicio de mediación entre el hacer visual o poético, lo adjetivo, con lo que significa la materia de lo pictórico o de la poesía, lo sustantivo.

En su concepto de post producción, el teórico francés, Nicolas Borriaud, sostiene que la obra produce un sentido o discurso pero que, para ser entendido por sus interlocutores, se debe establecer un sentido, es decir, el espectador deberá generar una nueva dimensión o lectura de sentido. Este sistema de “post producción” lo genera el ensayista. El lector amplia y personaliza las claves o códigos. No hay lectura cerrada, hay post producción de sentido. El ensayista contemporáneo crea un disentido que hace participar al lector de un mundo de especulaciones, de “fabulaciones”. La creatividad es el elemento decorativo de la ciencia y la tecnología, pero es la esencia del arte, y el ensayista en su experimentación y fragmentación conceptual abre un espacio de convivencia donde obra, percepción, discursos propios y afinidad con el lector constituyen un nuevo territorio.

El centro es siempre un territorio improbable pero en sus márgenes se constituye la posibilidad de acertar. Y todo ensayo, como toda mirada o lectura, no es teoría es hipótesis, es especulación creativa.

15 de enero de 2006

Sensación espejo

“Sensaciones de vida prestadas, que el organismo rechazaba inmediatamente en este día. Y el organismo se dedicaba ya sólo a rechazar: una vez excluidas las sensaciones simuladas, ya no sentía nada de sí mismo; excepto una inanidad atravesada, pesada y cadavérica. […] Entonces, ¿qué necesitaba Keuschning? ¿Qué le apetecía? Nada, contesto. No me apetece nada. Y al pensarlo, sintió que tenía razón y quiso defender esa razón, frente a cualquiera. ¿Por qué se empeñaba en camuflarse? ¿Acaso era un peligro público? Durante casi todo el día, hasta ese momento, había tenido ganas de hacer algo, pero no había hecho nada excepto con la chica (y no recordaba ningún detalle): ganas de berrear, de exhibirse desnudo, de enseñar los dientes. Cobarde, pensó. Al mismo tiempo tuvo miedo de traicionarse en el próximo momento.”

Fragmento de El momento de la sensación verdadera, de Peter Handke.

8 de enero de 2006

Breve aplogía del chisme (o de cómo el cotilleo libera toxinas en pro de la salud personal)

Quienquiera que sea, en cualquier lugar del orbe, ha caído, en algún momento de su vida, en la tempestiva y violenta seducción del chismorreo. Hablar de los otros es también reconocerlos, hacerlos sujetos más que carnales, simbólicos. Cuando se habla de alguien, estrujando la noticia o anécdota hasta llevarla a límites incluso insospechados, se detona una manifestación de afecto, sea ésta de seducción o repulsión. Inocuos o febriles, los chismes corren como moneda de cambio de primera mano o de una muy manoseada. Se habla de los otros y uno escucha atento. Queremos saberlo todo, queremos que nos descifren a pinceladas y trazos el porqué de los sucesos cometidos. La prudencia y el guardar secretos son una virtud poco conocida por la mayoría. El chisme es un clásico juego de idas y venidas. Pero el chisme tiene sus virtudes, sus aristas que lo hacen una forma de entretenimiento social, de laxitud existencial y que permite el cotilleo, la risa y la distensión espiritual.

Quien niegue que más de una vez ha caído en las trampas de echarle un vistazo al “Hola” o a cualquier otra revista de este género, miente, miente impúdicamente. No hay salida alguna para no haberse visto frente a frente con una publicación de dicha índole. Las revistas del corazón ocupan un primerísimo lugar en las salas de espera de los consultorios, en la casa de las mamás y abuelitas, en las filas de los supermercados, en los baños de varios y varias amistades. La cuestión es que son como plaga, parecería que su objetualidad es omnipresente. Basta mirar, también, cualquier estanquillo de prensa para advertir la cantidad de títulos de revistas dedicadas a “asuntos del corazón” que no son otra cosa que los contenedores de una necesidad social y colectiva de empaparse de la vida de los otros, de aquellos que, creemos, tienen una vida “especial”. Tampoco olvidemos las múltiples ocasiones en las cuales, al asistir a cualquier reunión o evento social, irrumpimos en uno de esos grupitos que se aíslan en el rincón más alejado sólo para enterarnos que Juan, sí aquel todo virtud y sabiduría, ha dejado a su encantadora esposa, después de 15 años de “felicidad absoluta” para darse una escapada por París con cierta joven mozuela de 19 primaveras. O cuando en una cena comienzan a hablar de Hernández, sí Hernández, ese tan buen funcionario, honesto, capaz, prócer de la patria, que huyo del país con un fraude a cuestas de 2 milloncitos de pesos y que se los llevo sin que nadie se diera cuenta... Ya no hablemos de los multicoloridos, excesivos, etílicos y verdaderamente destornilladores de risa chismes sobre cierto literato que gastó su último premio entre un table dance y las muchas borracheras donde él pagó cada una y hasta el último céntimo de las cuentas. La cosa es fácil, nos encanta el chisme porque así nos sabemos parte del mundo que nos rodea. Los chismes nos hacen participes de realidades ajenas a nosotros pero que nos son compartidas para volvernos un poco testigos, un poco cómplices.

El Chisme, sí con mayúscula, para difundirlo es también un arte, no cualquiera tiene la credibilidad, y las agallas, para andar por el mundo soltando prendas ajenas para ponerlas en la lavandería de los comunes y mortales. Por ejemplo, la revista “Hola” guarda una línea editorial donde lo importante es ser una ventana de sucesos, no hace críticas ni lanza pullas, ni es amarillista, sólo expone a los personajes y sus vidas. Otras revistas optan por el sensacionalismo, por el cotilleo frívolo y vacuo y expone a los ahí nombrados en sus desgracias y caídas humanas. Nada más desalentador para ejercer los verdaderos fines del chisme. Porque el chisme es un ejercicio de inclusión, un ejercicio que es importante por su capacidad de ir tomando la temperatura de los sucesos y las personas. Aunque siempre es prudente escuchar varias versiones de los hechos. El chisme corrosivo y mala leche siempre termina ejecutando a su propagador. La verdad cae bajo su propio peso, tarde o temprano.

Es una dicha ver cómo el chisme real, auténtico, de origen, desenmascara al usurpador de los hechos. Pero el chisme que es contado para divertimento y apropiación de lo Otro, tiene otros fines, casi rayando en lo terapéutico. Queremos saber qué ha pasado, ponernos al corriente de quién, cómo, a qué hora ha sido, y si accedemos a varias fuentes terminaremos haciendo un bosquejo con las partes. Saber de los otros es también ponernos en contacto con nuestros deseos, miedos, angustias, etcétera. Al oír un chisme proyectamos en ellos nuestros propios deseos (ay, cómo me gustaría haber sido yo la que se hubiera atrevido a dejar al marido para irme con Santiago...) y nuestra moralina más recalcitrante (pero cómo, es una loca perdida, dejarlo todo para irse con Santiago...), lo cual hace de este ejercicio chismorréico un buen momento para detenerse y hacer un análisis de autoconomiento.

El chisme funciona socialmente por que es una ventana a las vidas ajenas y, al mismo tiempo, a la auto observación. Sirve como catalizador de los problemas que nos aquejan y pone de manifiesto la necesidad de sentirse involucrado con los demás. Distiende la conversación y da paso a un grado de intimidad que nos permite sentirnos, incluso, hasta un poco más cómodos. Cuando el chisme surge de la buena intención, del paso sólo para divertirse y comentar el último punto, sobreviene un encuentro: sabemos que está ocurriendo y cómo y nos hacemos o no partidarios del ente sujeto al chisme. Estamos estableciendo una forma de conocimiento y entendimiento. El chisme, pues, es una forma de descubrimiento y asombro, una puerta que conduce a la disección de la condición humana en su más alto rango y, también, en sus más bajos fondos.