28 de noviembre de 2005

Voy a la FIL and I feel e...


i feel evil i feel evil ifeel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel evil i feel e.... I felt. *
jijijijiji

* A Blackaller, poque esta imagen suya dice, como muchas más de su imaginación, más que mil palabras. En honor a los merengues, los cafés, los panques de elote y los flyers para la FIL de El billar de la Lucrecia. Y como recuerdo de sus (y mis) muchas visitas a la escena mayor de The shining... y a Don Gato y el Señor Matute y de paso al ídolo del mundo (pésele a quien le pese): Mandibulín.

24 de noviembre de 2005

Sobreviviendo al aire (César Moro rewinded)*

Silvana:
Han pasado más de sesenta años (¿era 1935 ó 1936?) de aquel encuentro entre mi abuelo José Antonio y César. Ahora te escribo desde aquí. La misma vista, la misma banca. Te escribo para contarte (e imaginarme de manera vivida, acaso como un testigo silencioso, como una sombra, el perfil de ese extraño personaje) de esta anécdota repetida sin cesar durante mi infancia.
Los negocios trajeron a mi abuelo a Lima. Acostumbrado a viajes breves, se jactaba de conocer, de cada lugar que visitaba, por lo menos un sitio que fuera especial. Le bastaba una estatua en actitud vehemente pero sin un brazo o mascada y marcada por la hendidura del tiempo. Le bastaba una peregrinación, una puesta de sol desde un puente. Cualquier lugar que le brindara un vuelco a su mirada desgastada, algo que le mostrara la belleza y la desgracia de la naturaleza y de lo humano.

Sentado aquí, mirando las largas hileras de olivos, plantados hace más de tres siglos, en el limeñísimo barrio de San Isidro, José Antonio miraba sin más el juego de pelota entre tres niños: patadas, golpes, gritos y una esférica forma que rodaba de un lado a otro. Los observaba y veía más allá de ellos: las casas casi salidas de las plantas como si las construcciones fueran, todas ellas, parte del verdor natural de “El Olivar”. Ajeno a lo inmediato, no notó la presencia de un hombre delgado, de mirada firme y rostro anguloso que lo miraba de reojo. Cuando sintió sobre él la mirada —después aquel extraño le diría que llevaba inspeccionándolo por más de media hora— volteó a verlo y le dijo, “Buena tarde señor”.

Aquel extraño dejó de serlo al decirle, “Buena tarde tenga usted, porque yo, César, estoy contrariado, llevo mirándolo desde hace rato y usted ni ha notado mi presencia.”. Mi abuelo, hombre correcto y a la usanza clásica de las buenas costumbres, le pidió disculpas de varias maneras hasta que él, César, le espeto: “Basta, yo sólo quería decirle que no soy transparente y una araña se ha posado en mi hombro”. José Antonio vio que no tenía tal.

César lo miró y sonriente le dijo, “Usted veía a lo lejos un punto, un blanco en el fondo, un límite de rostros y árboles que, a partir de su mirada, dejaron de serlo para ser algo más: un campo de formas y emociones donde descansa el misterio, la belleza. Usted tiene ese mal de la mirada que es que se va quedando perdida, dejando pequeñas partículas de iris en cada sitio. Usted es un viajero. Los de su género amortiguan las embestidas diarias de la vida entrecerrando los ojos y buscando en el depósito de la memoria un anochecer, un claro en el bosque, la playa fenicia de sus antepasados, las huellas de un animal en el lodo fresco del jardín amado. Aquí, en Lima, “los viajeros” recordamos el bostezo —largo, larguísimo— del mar y miramos este olivar y sabemos el nombre de cada uno de sus pobladores (sí, señor, cada árbol tiene apellido, nombre y hasta apodo); entrecerramos los ojos y vemos entrar y salir las aletas plateadas —todas acero y fuerza— de los bufeos. Aquí, señor, en Lima, viajamos siempre hacia abajo”. Mi abuelo, hombre práctico, suspicaz y parco, miró a César y no dijo nada.

Ambos, en silencio, siguieron la travesía de la esférica forma entre los pies, rodillas y cabezas de los noveles futbolistas. Al cabo de unos minutos, César se levantó, miró a mi abuelo y le dio las buenas tardes. Poco tiempo después un balonazo le dio de frente a José Antonio. Uno de los niños se acerco a pedirle de regreso la pelota, sin poder resistir más le pregunto al chico, “¿Conoces a ese hombre, el que estaba sentado aquí?”. Y aquel niño, en su relampagueante inocencia, le contestó: “Sí, es el loco de “El Olivar”, viene cada semana y se sienta a mirar, dicen que escribe, que hace algo así como poemas...Moro, sí, ¡se apellida Moro!”. Raudo, con la furiosa necesidad del adolescente por dirigir y patear el mundo, se alejo.

Mi abuelo cayó en cuenta: aquel hombre, sólido como uno más de los olivos y volátil como la niebla profunda de un invierno limeño, era el Poeta. Sí, el poeta César Moro. Y, a más de seis décadas de este encuentro y a cien años del nacimiento de César, aquí estoy yo, escribiéndote con la esperanza de vislumbrarlo. Estos versos, quizá, te acerquen más a él: “La fatalidad crece y escupe fuego y lava y sombra y humo de panoplias y espadas para impedir tu paso/ Cierro los ojos y tu imagen y semejanza son el mundo”.

Desde Lima, mi amor.
J. A.


* Texto escrito en homenaje al poeta y desde el recuerdo de mis paseos limeños por el parque de El Olivar. César Moro (1903-1956), poeta peruano. Muy cercano al movimiento surrealista, escribió la mayoría de su obra en francés. Entre sus libros cabe resaltar Lettre d´amour, Trafalgar Square y La tortuga ecuestre.

19 de noviembre de 2005

Apuntes para no desmayar ante el embate del aire de los tiempos

Ediciones Urania
tiene el gusto de invitárle a la presentación de

Apuntes para sobrevivir al aire,
de Rocío Cerón

Participan
Ernesto Lumbreras, Josué Ramírez y la autora

Martes 22 de noviembre, 19:00 hrs.
Capilla Alfonsina
Benjamín Hill 122 esq. Tacambaro, col. Condesa


Sobre el libro, José Manuel Springer, ha escrito: "La poética de Rocío Cerón no cede a la lectura inmediata. Las palabras forman brebajes que hay que decantar en la lengua y la garganta, aquilatar por su textura, por su rodeo, para absorber el buqué amargo que nos deja. Los indicadores de su pasión por las letras y la vida se sienten y se resisten a ser entendidos. Entre las veladuras que ocultan la fuerza de sus argumentos está la amalgama del lenguaje, la frase corta y la palabra precisa: nitroglicerina."

10 de noviembre de 2005

Spoken word poetry o la poesía hecha performance

Pasar de la dimensión de la página al suceso oral, a la dimensión del acto -combinación de ritmos verbales, acto escénico, poesía hecha palabra hablada- es la base del movimiento de los noventa Spoken Word Movement que se dio en los Estados Unidos para luego pasar a otros países de habla anglosajona como Australia. Aunque la poesía siempre ha tenido una carga oral, desde los tiempos de La odisea de Homero, pasando por los bardos y hasta nuestros días en las lecturas tradicionales de poesía, este movimiento impulsó distintas estrategias del delivery poético. En el siglo XX la entrega de poesía se realizaba de manera más práctica que la asistencia a estas posibilidades orales, la imprenta logró que los libros o los poemas impresos en plaquettes, revistas y ediciones alternativas fueran moneda corriente para acceder al poema.

El Spoken Word Movement tiene como influencias las largas tradiciones de los afro americanos y de los grupos nativos de Estados Unidos, quienes cuentan con profundas raíces en el arte de la poesía y de la narración oral de las historias, leyendas o mitologías de su pueblo. También se debe recordar el movimiento Beat que recuperó la poesía oral con tendencias a la coloquialidad o los galeses e irlandeses como Dylan Thomas y Yeats quienes hicieron grandes piezas como Thomas y su famosa lectura en radio (y en vivo) de Bajo el bosque lácteo.

Una de las preguntas esenciales de los poetas de este movimiento fue en qué momento era sólo un acto performático verbal y cuándo realmente había una carga de poesía (verdadera poesía) en el acto. Algunos de los más importantes ejecutantes de la spoken word poetry, como Maggie Estep provienen de la escritura, del poema escrito y no de una banda de hip hop o de una banda como la de King Missile de John S. Hall quien ha sostenido que el término de spoken word poetry es un término que cobija monólogos, poemas, historias, rap y que justamente es eso, su ambigüedad, lo que lo hace interesante y potente. Lo que es cierto es que ese tipo de performance poético tiene más de acción, de gestualidad y de manejo escénico que de poesía. La mayoría de los actos tienen mucho de narración y de juegos sonoros-verbales, eso y explosiones de humor, gags y dosis de poesía esporádica.

Como todo movimiento independiente del canon, el SPW se dio en cafés, bares y demás lugares alternativos y mantenía un alejamiento y desdén hacia toda aquella poesía que oliera a formol o proviniera de la “correcta academia”. El lenguaje usado era y es frecuentemente un habla coloquial, permeada por la experiencia y lo confesional. Muchos de estos autores nunca pusieron sus poemas por impreso, produjeron cd´s como única forma de documentación y de distribución. Parte de la ideología de los autores del SPW era disolver las fronteras raciales, sociales y culturales para crear experiencias verbales que pudieran alcanzar a cualquier escucha.

Tolerancia y el poder de llevar a cualquier público la poesía, ese era uno de sus grandes lemas. Y también el revelar que la poesía era y es un arte vivo. MTV fue uno de los grandes impulsores del movimiento, realizo varios Unplugged de poesía, donde muchas veces había más de show biz en movimiento que poesía. Los poetas eran más entretenedores que autores. Hoy en día el movimiento continúa y existen ya cafés y bares legendarios en los que se da ahora un nuevo fenómeno el Slam poetry en donde, en una especie de Death match o máscara contra cabellera poético, los poetas son lanzados al escenario para que realicen sus actos “perforpoéticos” y el público es quien, a través de aplausos, gritos, mentadas de madre y hasta botellazos, decide quién es el ganador de la sesión.

En América Latina también se ha desatado un fenómeno parecido en los últimos años. Si ya existían algunos poetas como la chilena Cecilia Vicuña quien hace una suerte de performance-poético-ritual con sus poemas (en los que combina español, inglés y algunas palabras mapuches y de otras lenguas indígenas) los cuales canta, guturaliza, lee o silabea o las lecturas “tradicionales” de Raúl Zurita, poeta también chileno, quien carga de una engolada emotividad sus lecturas, los poetas, sobre todo de América del Sur, han cobrado conciencia que para atraer al público la entrega de la poesía puede ser más performática, más activa en el sentido escénico. Prueba de ello lo fue el Cabaret Voltaire, comandado por la poeta argentina Romina Freschli, en donde durante los primeros años del siglo XXI se dieron cita cuantiosos poetas tanto argentinos como de otros lares de Latinoamérica para leer, performear, desnudarse y leer o hacer cualquier cosa que, se suponía, era poesía. Se dice que el público era de lo más bravo y que varios salieron descalabrados gracias a los botellazos de cerveza recibidos. Chile, como Argentina, también ha visto algunos buenos exponentes de la poesía performática como Gustavo Barrera, poeta nacido en la década de los setenta, quien, con varios libros publicados en su haber, decidió hacer de sus poemas un elemento para presentaciones performáticas en donde la música electrónica, la acción y la instalación servían de acompañantes a sus poemas.

En México poco sucede a este respecto, uno de los pocos proyectos que se han hecho para intentar cambiar el clásico delivery poético de las lecturas de mesa con paño verde y botella de agua ha sido el Cd de música electrónica y poesía contemporánea “Urbe probeta” en donde 14 poetas trabajaron con sus respectivos músicos para lograr una combinación o hermandad transdisciplinaria. Sin embargo, los poetas en México tienen poca o nula relación con el manejo verbal y el manejo escénico (uno de los pocos que logra hacer lecturas performáticas exitosas y con buena poesía es el poeta regiomontano José Eugenio Sánchez).

Quizá el Spoken Word Movement tuvo mucho de exceso y poco de poesía como sus retractores han asegurado, sin embargo es claro que pusieron a la poesía en la mira de diversos públicos que la habían dejado de lado. En el último encuentro realizado en Buenos Aires, Argentina de poetas jóvenes, Salida al mar, la norma eran lecturas insufladas por un aliento muy perfomático donde el poeta era sumamente conciente de su presencia escénica y de su manejo verbal-oral para seducir al público. La lectura de muchos de esos poemas en el libro dejaba atrás la primera sensación de haber escuchado un gran poema. Había mucho de acción casi teatral y escasa poesía. Entonces, las preguntas se abren ¿cómo lograr que las lecturas de poesía y sus ejecutantes, es decir, los poetas, vigoricen su potencia oral y escénica sin caer en facilismos? ¿Dónde radica la buena poesía? ¿Cómo crear un delivery poético fuerte, potente sin que caiga en lo solemne ni en el acto perfomático gratuito? Si la poesía tiene una larga tradición oral, los poetas contemporáneos deberán generar acciones reales de supervivencia. Una supervivencia que no sólo sea la de la escritura de un poesía auténtica y potente, donde se encuentre trasminado el aire de los tiempos que corren, sino una poesía que alcance, a través de su oralidad y de sus relaciones transdisciplinarias, una manifestación que incite al escucha-lector-espectador a quedarse en el centro del torbellino de la poesía misma.



Rocío Cerón es poeta y coleccionista de extraños enseres verbales. Tiene publicados los libros de poesía Basalto, Litoral y Soma. Su último libro Apuntes para sobrevivir al aire refrenda su pesimismo ante el mundo “correcto”.