25 de septiembre de 2005

Las auténticas ñáñaras del Tercer Mundo*

Así sin más, sacó un billete de 1000 pesos, de esos, de los recién desempolvados de las bodegas del Banco de México. —Pero si sólo me debe 120 pesitos del mezcal compadre—, le dijo Don Serafino. Pero el presumido de Santiago Niebla quería mostrarle al universo entero del barrio de San Andrés de los Volcanes que él sí tenía en su poder uno de estos.
—Qué quiere mi Serafino, yo voy al día con la economía del país. Y ora que nos estrenamos pus yo ya nomás manejo de estos.
—Pos ni modo mi Santiago, aquí le dejo encargado el changarro y voy a ver quién me cambia el billete...
Tres horas más tarde, Santiago Niebla, mejor conocido como “El quebradizo” (por aquello de que se quiebra cada tres días por las crudas), volvía a sacar otro billete de 1000 pesotes, ora en la cantina. Era éste su último billete. Los dos mil pesos eran su pago mensual por acarrear sacos de cemento. Los presentes —compadres, compadritos y compadrotes– empezaron a lanzar extraños ruidos guturales de asombro y exaltación. Por estos lares ver un billete de tan alta denominación era un acontecimiento, un verdadero milagro. Pasó de mano en mano. Después de la euforia, justo en el momento que regresaba a manos de su dueño, entró María, la mujer de Niebla, con dos niños mocosos de la mano. Lloriqueaban, según la madre de puritita hambre. Gritos, empujones y un manotazo —y un billete viejo de 50 pesos— sacaron a la mujer de Niebla de la cantina.
Cuatro rondas pagadas por “El quebradizo” pusieron fin a la sesión etílica del miércoles. Con paso rasposo, Santiago se dirigió a su casa. Media cuadra antes de su destino, un vivales le salió al paso.
—Qué mi buen, muy riquillo con tu billetito. Muy en la prosperidá de la economía del país, ¿no? Sácalo. Si no aquí te quedas tieso mi buen.
Antes de una respuesta, un puñete en la mejilla izquierda y un derechazo al hígado, pusieron por suelo el quebrantado cuerpo de Santiago. Un movimiento rápido le sacó la billetera. El vivales sacó el reluciente billetote de 1000 pesos. Y cantando “la mesa que más aplauda, le mando, le mando, le mando la niña, za, za, za, yacuza, za, za...” se alejó feliz y campeante. Mientras tanto, María y sus dos mocosientos chamacos comían en el mercado un par de tortas de tamal con su reverendo chesco. Con los 20 pesos sobrantes, María compró 1 kilo de frijol y ½ kilo de arroz, el resto lo destinó para comprar unos chilitos verdes. —Pa la semana, con esto comemos—, pensó para sus adentros.

Colofón
Ñáñaras, ñáñaras, mi estimado Señor Presidente, le tenemos a la pobreza, al mal gobierno, a la tibieza de mando con el que usted ha venido gobernando este país. Sí, ya es rumor popular que a “grandes expectativas, grandes decepciones”. Pero usted prometió cambios en el rumbo del país que aspiraban a ser paradigmáticos. Una economía eficiente, más fuentes de trabajo, un acuerdo migratorio más justo para nuestros compatriotas mexicanos, esclarecimiento del caso de las muertas de Juárez, sólo por citar algunos. En breve, suponíamos que iba a GOBERNAR. Así que de ñáñaras a ñáñaras, entre las de usted y las que nos provocan sus cuatro años de mandato —esas que de verdad se sienten y provocan piel de gallina— las nuestras salen ganando.

* Inspirado en la respuesta de Vicente Fox “Se sienten ñáñaras” a una niña que le preguntó “¿Qué se siente ser presidente?”. Enero de 2003.

23 de septiembre de 2005

Duda, enorme duda

Por más que he lanzado aquí y allá dardos cargados nomás nadie acierta a articular respuesta. ¿Qué es ser un "sujeto político"? ¿Cómo entender la "política" hoy día, el suceso? Por favor manden guías, coordenadas, algo que me alumbre ya que soy una neófita del asunto y quiero dejar de serlo. Gracias....

19 de septiembre de 2005

Sobre esa entidad llamada Dios (y después de leer a E. Mounier)

"...decimos se hará si Dios quisiere, no porque Dios tendrá entonces nueva voluntad que no tuvo, sino porque lo que está decretado ab aeterno en su inmutable voluntad, sucederá entonces."
San Agustín, La ciudad de Dios

El principio del monoteísmo es el orden, la regulación. Dios es antropomórfico, creación de la imaginación humana. Necesario para la sobrevivencia, justifica, responde, es padre mediador y, sobre todo, apacigua la incertidumbre. El miedo nace del misterio, de lo no resuelto, de lo imprevisto. Para nombrar esta intencionalidad, este eje en el cual poder sujetarnos, Dios se hizo estructura y símbolo, en él se fusionaron los principios del poder creador y del poder de dirección sobre la vida de sus criaturas, es decir, la humanidad.
El principio de lo divino es la propia liberación del hombre, de su mortalidad. ¿Qué puede ser más satisafactorio que la propia liberación de la carne, del paso del tiempo? Es por ello que el hombre erigió un espirítu, una esencia superior a él, e igualmente cercano (esta creado a su semejanza) para la canalización de una fe de lo inefable.
Ante el destino, su azar, lo precario y las riquezas que ello implica, había que construir una entidad la cual albergará la esperanza de aquello que puede ser cambiado. Si Dios tiene multiples rostros es porque se adecua a la imagen de supervivencia que necesita cualquier sujeto para proseguir en la vía tortuosa de la vida. Un medio que apacigue los miedos y la incertidumbre es necesario para contrarrestarlos, allí se presenta el nacimiento de un dios capaz de asisitir al desamparado. Y vale recordar: cada hombre es un desamparado.

17 de septiembre de 2005

Cadáver exquisito a cuatro manos (Springer-Galindo-Madhuar-Cerón) con motivo del estreno de la olla Le Creuset con un magnífico pollo al vino tinto

Hoy soñé con tu cráneo abierto, tu mente desbordando agua sucia
que son lágrimas de angustia, de miedo
de las ranuras que crecen en la banqueta móvil
descanso en tu tierra, en tu cuerpo, en la movilidad del cerco
tu vientre, encierro de mi furia, razón de la libertad
de recorrer con la mirada tu cuerpo entero, vivo, ácido
líquido nacido de los planetas inconformes
puto y crees que eres interesante, ¡ja!
aj, uhm, argh, sssi, pff, me ahogo, me muero, déjame
en paz, déjame en el más infinito de los infiernos
del café, cuando te haces ostión en el arrecife
todo mar es una insípida demostración de deseo
que me hace pagar toda mi inconmensurable culpa por haberte odiado
hasta los huesos, inmundo, asqueroso, podrido
en las plantas y en la rosa que pasé por mi culo
y nada más ávido que la mierda y tu pendejez
pinche palabra de mierda, blasfemia de los que no saben amar
todo tu ser hasta morir, sin amor no hay
dos postes con mastique______.

13 de septiembre de 2005

Después de un maldito día en el tráfico

Escribir desde la ciudad, habitándola, escondiéndose en ella o explorándola. Escribir poemas que no hablan de ella pero que, sin embargo, están cargados de su complejidad. Derramarse en sus calles pero evitando llegar a sus lindes. Estar en quietud ante su realidad envertigada (bien decía Kierkegaard “Reaccionar en la angustia o ante ella es el infierno”). Habitar sus fabulaciones, su cerco, su acantilado y su fosa común. Estar encadenado a su jardín, a sus leones, a su voracidad. Agradeciendo siempre sus cortes, su humana intimidad con los despojados (que somos todos), su estilete oficiando sobre la cabeza.

11 de septiembre de 2005

!Salud!


Si los viajes ilustran, los encuentros de escritores más: ahí es donde verdaderamente se saca a relucir la verdadera naturaleza de uno y de donde sacamos material literario para "no ficcionar y sí mentir dado que la realidad nos sobrepasa" (mezcla de conceptos del messie Oliva y Groucho Robles). Sobre todo, después de vino, chelas, tequila y brandy Torres X. Este texto va para los amigos de las habitaciones 403 y 104 del hotel La Soledad (Morelia, México) que logró que el ensayo de la vida sea el mejor texto que se escribió en todos esos días dedicados al multicitado francés Montaigne y a sus remedos. Ah, y también va dedicado para los compas chilenos como los Carrascos, Germán y Julio y pa los compas argentinos Cucurto y Di Napoli, quienes también forman parte de la educación sentimental (de encuentro en encuentro, uno termina desencontrándose y volviéndose a encontrar...) de quien esto suscribe.


Frente a un viaje agotador de varias horas, guardo el ritual de brindar con el cielo. Mientras discurro en la forma de las nubes desde la ventanilla, alzo la copa. Cada nube es un trazo casi japonés (una constelación de dibujantes prepara sus brochas y carbones cada mañana). Yo soy de cada cielo, porque uno no es del país en el que se ha nacido sino donde se pierde, y se deja, la mirada. He descubierto en el perfil de las nubes la fragilidad. La fragilidad y la impotencia del cuerpo que, atado por un cinturón, encapsulado en un avión, sin posibilidad de ser Ícaro, adviene melancolía. En el aire todos somos náufragos.

Soy un extraño extranjero: he volado tantas horas que me reclaman tanto los Pirineos como la cordillera de la Sierra Madre. Y no le pertenezco a ninguno. Entre esta mano que escribe y la mirada que descansa en aquella cima montañosa, agoto mi lazo a tierra. Desde el aire se dibujan los rostros de ciudades, carreteras, lagos, autos. Ahora aquello, abajo, no es más que suma: trazos ágiles y precisos, humanos. El cielo es otro asunto. En sus imprecisos dibujos hay un mundo. Suspendido entre vuelos anímicos y oníricos me despojo de mi vestimenta citadina para enmudecer ante la soltura del viento.

En este cielo no hay nacionalidad posible. La ventanilla del avión es un puente que abre al universo y permite acceder hacia un mundo horizontal (sin jerarquías humanas) en una mirada a vuelo de pájaro. Aquí es posible imaginar, en la lectura celeste, el paraíso: un espacio de levedad aérea donde no hay más que música de vientos (no el horror del claxón en las horas de tráfico), donde viven todas las formas posibles (cada nube tiene vida propia), donde uno, a pesar del cinturón que ata al mundo humano, viaja con la mirada por cada contorno y cuerpo, por cada resquicio del cielo que nos es permitido mirar desde esta breve ventana.

Lo sobrenatural de la mirada es cuando se olvida que está pegada a un cuerpo y se desprende para echarse en vuelo hacia lo alto, cuando aprende del horizonte su libertad de expansión, cuando entre las nubes encuentra el follaje resplandeciente de un sauce, cuando las nubes son frutos y las notas florales-vocales del viento del norte forman la vieja canción de cuna de la infancia. Cuando pasa todo esto, y la felicidad acude, se ha llegado a casa.

Entonces alzo mi copa de nuevo y brindo porque en esta esquina de cielo viven todos mis recuerdos.

7 de septiembre de 2005

El cuerpo como escritura



El sentimiento artístico, tan increíblemente cerca está de lo corporal, de su dolor y placer, que ambos fenómenos no son, en rigor, sino diferentes formas de una misma ansia y ventura.
Rainer Maria Rilke


Desde tiempos remotos el hombre se ha subyugado ante su propia fisonomía. El cuerpo es emblema milagroso de vida. Es el espacio que nos dicta la salvaguarda de la propia existencia: el dolor que padecemos es un recordatorio de que seguimos vivos, que la muerte —somática y álmica— aún no nos atrapa. La historia recoge ritos antropofágicos, como en los aztecas, en los que, después de sacrificar a la víctima, el cuerpo era arrojado desde lo alto del templo hacia la muchedumbre para que ésta cortara algunos pedazos de carne. Semejante, en su sentido, a la comunión cristiana, los aztecas parecería creyeron en una especie de extrapolación de fuerzas: al comer un pedazo del sacrificado se consumaba el rito, los dioses se hacían carne en la carne de los fervientes. El cuerpo, así, se convertía en una manifestación de poder, de bendición.

Comienzo contando esto porque hoy, en plena decadencia de la posmodernidad y en auge del hedonismo, seguimos haciendo sacrificios, ahora no con los cuerpos ajenos sino con el propio. La dictadura estética imperante en las fisonomías de las personas los ha llevado a alejarse de lo que, probablemente, es su naturaleza anatómica. En la actualidad, los cuerpos se encuentran sitiados por la falta de volúmenes, pocas curvas y figuras estilizadas más allá de una proporción razonable. El cambio en la percepción del cuerpo tiene, de igual manera, su reflejo en las artes. Así, la mayoría de los desnudos de la pintura contemporánea global (con excepciones claro está como el talentosísimo Lucian Freud, quien exalta las imperfecciones y desgracias de los cuerpos y, en el orden nacional, el pintor Daniel Lezama, quien pone de manifiesto las curvaturas de la “familia mexicana”) nos remiten a cuerpos delgados, estilizados, magros.

En la escritura, la situación ha derivado en cuantiosos estudios sobre nuestra dimensión carnal (recordemos el ensayo de Francisco González Cursi “Mors repentina. Ensayos sobre la grandeza y miseria del cuerpo humano”, autor que ha recorrido a través del ensayo las aristas, coyunturas y dislocaciones de ser cuerpo y padecerlo o el estupendo paseo por los sentidos de Diane Ackerman en “Una historia natural de los sentidos”), en los que encontramos disertaciones varias que oscilan entre el cuestionamiento simplemente biológico del proceso vida-muerte, las enfermedades o las distintas manifestaciones somáticas que existen en ciertos sujetos que, ante una crisis psíquica, su cuerpo comienza a detonar un orden de cambios y síntomas. Pero los escritores y artistas ven y van más allá, las múltiples manifestaciones de lo corpóreo: languidecimiento, brutalidad, sensualidad, postración, sólo por citar algunas, dan pie a la transposición de palabras e imágenes a un resultado que es en realidad de un ámbito mayormente cercano a un gesto, a un movimiento. Nos reconocemos en el otro por una manifestación espejo, es decir, en las posibilidades del cuerpo ajeno, ante nuestra mirada asombrada por los aspectos de la fealdad, la belleza o la diferencia, encontramos una símil esencia, la humana derrota que significa la muerte. De esta manera, los límites entre uno y otro se ven reducidos al espacio existente entre la página y el lector o entre una pieza de arte y el espectador. La capacidad del autor de descubrir en el cuerpo del otro sus propios deseos, miedos y desesperación, y al traducirlo a su obra, permite sean difuminadas las fronteras.

Al hablar del cuerpo y sus sentidos, se nos es revelada una memoria privada que se expande hasta hacerse colectiva. Si en tiempos ancestrales el cuerpo era fundamental para los ritos, como medio, herramienta y objeto de sacrificio, en nuestros días el cuerpo sigue manteniendo dicha disposición: nuestros cuerpos son todo el tiempo trastocados por el contexto estético, somático y de las enfermedades que nos aquejan. El cuerpo es, entonces, un espacio que permite no sólo el encuentro de afirmaciones y cambios sino de actitudes sociales que hacen de éste un espacio de reinvención, basta mirar alrededor y ver la cantidad de individuos con cirugías plásticas. El creador atento sabe que, al apropiarse de los cuerpos ajenos, realiza un ejercicio de suplantamiento: en la obra quedarán los rastros de una piel que se presenta como lienzo o página cargados de una geografía multiemocional más que fisiológica.

Escribir el cuerpo es encontrarse igualmente con la habitación primera (ahora comprendo mi cuerpo porque es casa construida de palabras...), es confrontarse con uno mismo y con el otro, con las debilidades que eso conlleva. Fortaleza y vulnerabilidad en estado seminal. Al hablar del cuerpo se tocan el deseo, la sexualidad, el horror, el deceso. El principio de cualquier civilización es el deseo, el deseo de conocimiento. Así, el erotismo, parte inherente de la condición humana, es un campo de libertad desde el cual varias plumas nos han lanzado sus prodigiosas flechas (sólo por citar a un autor recordemos a Raymond Radiguet con su novela “El diablo en el cuerpo”). Hay una poética de los sentidos en la que todos nos vemos insertos, por ello arte y carnalidad son compañeros indisolubles. Se unen para hablar de verdades íntimas, humanas.

La literatura y el arte son, en principio, aproximación, inclusión de una particularidad a un todo. La antropofagia persiste, ahora nos apoderamos de los cuerpos de los otros para seguir desmenuzando, en un rito abstracto y carnal a la vez, los horrores y la grandeza de la piel. Cuando Proust decidió, más allá de la enfermedad, postrarse durante años en su cama, sabía que las posibilidades de ver el mundo y sus habitantes desde ese rincón era una gracia inconseguible de cualquier otra manera. Supo que, para disertar sobre la condición humana, y sus cuerpos-personas, tenía que inflingirse a sí mismo la desgracia provechosa de aquietar su propio cuerpo. Entre sábanas y sudores, descubrió el sentido vulnerable de tragarse a sí para ahondar en lo Otro.

5 de septiembre de 2005

Elogio de la axila


Cuando a uno le preguntan sobre la belleza sucede que el interlocutor en turno espera que la respuesta verse acerca del espíritu helenístico, la languidez bucólica del romanticismo, los altos vuelos del alma o la congestión visual de una obra de arte o bien el estremecimiento ante la lectura de un poema. Este es mi caso y no. Para mí la belleza reside en estos grandes tópicos pero también en lo fugaz, en lo pequeño, en lo cotidiano. Belleza es, para esta fanática de la brevedad, una cóncava silueta que se define como sobaco y, sobre todo, el masculino. La curvatura y los vuelos de sus rizados vellos, combinados con un olor que emula la más profunda significación de lo que es la testosterona, comprueba que la belleza puede encontrarse en cualquier resquicio, en una parte oculta del cuerpo. La axila es una provocación a la grandilocuencia. El sudor —sus perladas emanaciones— es la prueba fehaciente de que el cuerpo produce belleza hasta en sus más nimias manifestaciones.

Hay personas que se esconden entre olores artificiales para que su propio “caldo” corporal no se ponga de manifiesto. Nada más despreciable. Los olores son igualmente un vislumbre de belleza. El olor de una axila entreabre, e ilumina, los más íntimos recuerdos, privilegia el instante paradisíaco de reconocerse humano y mortal. ¡Qué mejor manifestación de lo bello que el saberse imperfecto y mortal! El idioma de la belleza es un lenguaje subjetivo y horizontal (la verticalidad está en su hondura de emociones provocadas), un lenguaje que fija vértigos a través de las sensaciones y sus desgarramientos. Un sobaco es el principio y el fin del universo para una nariz educada (de alto índice de sofisticación, diría mi buen amigo Joe Springer).

“La visión se ha concentrado en todos los aires”, proclamaba Rimbaud. En estos aires se esparce un sudor que es, finalmente, el de todos. En esta pequeña angulación corpórea se sitúa forma y fondo, nostalgia y descubrimiento. Yo no confío en un hombre hasta no haber percibido el olor penetrante de su axila, hasta no haber penetrado en ese breve mundo de sí mismo, porque sé que quién mejor me hablará de la limpidez de su alma, de su estatura álmica y de la belleza de su verdadero ser es esa cóncava simulación de universo. Lo bello de lo primitivo es que no miente, ni esconde, ni desdibuja, simplemente vive, palpita, transpira.

La belleza de lo nimio nos devuelve la certeza de que cada rincón puede ser la puerta a una experiencia de sublimación e iluminación. ¿Por qué esperar encontrar lo bello sólo en lo que habitualmente nos han enseñado a mirar, a percibir? Yo creo que el goce estético puede estar siempre al alcance de la mano, ahí donde no nos atrevemos a explorar. Yo he amado varias axilas, he encontrado en ellas un sitio de belleza, de placer, de una sorda y frenética experiencia de la belleza, por paradójico que esto suene. La ráfaga de un sudor auténtico, liberado de desodorantes y demás afeites es una experiencia estimulante y verdadera, inquietante hasta el tuétano.

Dejémonos ir por lo cotidiano, por lo fugaz del mundo y encontraremos ahí que la belleza es una marejada presente a cada instante, a cada mirada u olfateada. Habría que recordar que lo bello es también esa mancha de lodo que transcurre por nuestra ropa después de haber sido salpicados por un auto a toda velocidad en uno de esos días en que todo parece que va a estallar.

2 de septiembre de 2005

Elogio de la Hamaca (al club de Progreso 207-piso 2-varios deptos)

Pensar significa alejarse, no de la cotidianidad, no del día a día, sino de las interpretaciones corrientes, de lo ordinario. Y pensar es dejar la productividad mercenaria de costado, como a un perro que no le queda más que aquietarse ante la mirada definitiva de su dueño. Los lebreles asientan su furia cuando la presa se detiene en lo alto de un árbol y los mira con piedad. Ya lo decía Nietzsche, “Las razas laboriosas encuentran una gran molestia en soportar la ociosidad.” ¡Qué poco talante de los hombres para encontrar en la holgazanería una saciedad irresistible!

La inmovilidad-móvil de una hamaca es el terreno fértil del mejor pensamiento, como lo es, también, el lecho. Proust encontró en la cama el perfecto espacio para desentrañar, desde ahí, la condición humana. Se aspira a ausentarse del mundo para mejor conocerlo, para replegarse entre el vaivén sin temor a desplomarse hacia uno mismo. La pasión más poderosa será siempre la pasión de la pereza (Beckett dixit). No hay afrenta en el ocio, hay despertar a otro tipo de mirada. Ser un holgazán permite ampliar los contornos de la realidad, permite interpretar los avatares de los problemas corrientes y restregarlos ante la impasible actitud del desprecio por los excesos de la actividad productiva. El ocio es la zona libre del pensamiento.

No hay que negarlo: todo hombre es, o confía llegar a ser, un holgazán. ¿Cuántos días no se pasan en la inopia, en la ausencia? Las sociedades actuales están arrebatadas por los excesos: ruido, movimiento, aceleración. Los horarios de oficina extreman la pulsión de estar “ocupados”, obtener dinero a costa de lo que sea (aún a costa de ciertos momentos de recuperación y de sabio carácter festivo y laxo) u obtener una figura deseada por los otros (con sus respectivas horas invertidas de sudoraciones innecesarias y circenses posiciones) son males que obligan a la actividad. El exceso de movimiento no aquieta los temores, ni las iras. Ante la actividad hay que guardar un gesto de perspicacia. Ni tres horas en un gimnasio serenan un espíritu conmocionado. En cambio, el holgazán acepta, y asume, su ser. Un ser que asume sus debilidades y miserias. Un despreocupado que atiende sólo necesidades apremiantes: la rareza de pensar y el hábito gustoso de la languidez.

Para aquellos que opinen que la productividad es un bien mayor y que dignifica a las personas, arremeto con las profundas, y lapidarias, palabras de Pound: “La miseria humana es más estable que la dignidad humana. Hay mayor intensidad en la pasión del frío, del arrepentimiento, del hambre y de la humedad fétida de un calabozo medieval que en comer sandías.” El holgazán sabe que el precio a pagar es la falta de optimismo y la caída al aparente reino de la vergüenza. Se es cínico en la pereza porque no hay más forma de replica al ideal de los otros. Y la hamaca vuelve aquí como símbolo de bonanza mental y espiritual. Uno conversa con los demás, y con las cosas, los sucesos, los años, los días, las otras voces, desde la tranquilidad de un observador que anota el paso de los hechos en sus disertaciones mentales. Si “la conversación es el índice de la mente” según Séneca, el paraíso de todo conversador es una hamaca, o un sillón mullido o una cama hundida por nuestro peso y forma o la simple estancia en aquella banca del parque donde, siguiendo nuestra inclinación natural, dialogamos con el mundo desde la pereza del cuerpo más no de la mente. El carácter festivo del ocio, su carencia de esfuerzo, legitiman la vita contemplativa.

Y en esta hamaca, desde la cual dictó este texto, recuerdo una clara cosa: para que exista perfección entre la comunidad humana habrán de existir hombres que se entreguen a la vida de la contemplación como natural revés a la euforia de la productividad. Ante todo, está, el divino derecho del hombre a ser él mismo.